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Cuando busco la verdad, pregunto por la belleza.

viernes, 25 de marzo de 2016

Los sobrevivientes de Venecia


Escena única. Ciudad de México (420 años después de los sucesos en Venecia y Belmont). La cafetería del Sanborns de Aguascalientes. Son las 7:45 de la tarde. Una mesa, al fondo, cerca de los baños. Graciano (ataviado con una camisa floreada, como sexagenario en Florida) y Lorenzo (vestido discretamente, sin aspavientos). Beben café mientras esperan la llegada de Bassanio.

Graciano. Tengo que ir al ornitolaringólogo, Lorenzo, me urge...
Lorenzo. Otorrinolaringólogo, quieres decir.
Graciano. ¡No, no! Ornitolaringólogo. Pasa que siento un pájaro metido en el oído.

Ambos ríen por la babosada. Entra Bassanio (músico, poeta y dibujante), quien abraza cariñosamente a Lorenzo y Graciano. Ellos se han levantado sin parar de reír. Después de los abrazos, los tres se acomodan en sus respectivas y cómodas sillas.

Bassanio. ¡Por fin tenemos, señores, el placer de reír juntos otra vez! La última vez que nos vimos estuvieron ambos de un humor singularmente retraído, y eso no estaba bien. Qué bueno que los veo contentos. ¿Ya pidieron?

Cada cierto tiempo, cuando los asaltan el cariño y las ganas de verse, se reúnen a comer molletes en este lugar emblemático de su adolescencia. La regla es llegar solos, sin compañías sentimentales, cosa que Salarino, el cuarto amigo (quien nunca aparece en escena) no entiende; pero es difícil hacer comprender a Salarino que nadie tiene nada contra su mujer ni contra el resto de las mujeres. Es algo mucho más sencillo: es el placer de conversar con los viejos amigos, con los viejos camaradas, sin distraerse con otros mundos.

Sorprendentemente delgado, muy à la mode (de barba) y ofensivamente saludable, Bassanio se ha convertido en un insulto permanente a los frecuentes achaques de sus amigos: Lorenzo con su gota y Graciano con su dolor de oído y su neurodermatitis…

Lorenzo (seriamente, como si sólo deseara dejar constancia de un dolor al que no piensa renunciar). La gota me tira a la cama horas, días…

Bassanio. Acido Úrico.

Graciano (haciéndose el gracioso). ¿Has sido Úrico, Lorenzo? ¡Vaya, soy el úrico que no se entera de nada!

Bassanio y Lorenzo no atrapan el ingenio pueril de su amigo, o no quieren atraparlo. Nunca. El humor de Graciano, piensan sus cercanos, siempre es muy simplón (y se lo han dicho de mil maneras, pero él insiste y la gente insiste en ignorarlo).  La risa por lo del pájaro en el oído es una excepción que confirma la regla.

Lorenzo. No es ácido úrico, es otra cosa.

Bassanio. ¡Pero tiene que ver con la alimentación, Lorenzo!

Lorenzo. Sí, por supuesto Todo tiene que ver con lo que te metes en la boca.

Graciano suelta alguna majadería, que apenas si es captada por Lorenzo y Bassanio, porque ya Bassanio entrega a sus amigos sendos regalos:

Bassanio. A ti, entrañable Graciano, te toca recibir mi más reciente obra de arte: tu retrato. Y a ti, querido Lorenzo, la edición ilustrada de Historia de Cronopios y Famas, con hermosos dibujos de Elenio Pico, bonaerense radicado en Barcelona.

Mientras Lorenzo recibe su libro (con parsimonia), Graciano, conmovido y casi sin habla, logra articular uno de sus típicos asombros vehementes en forma de palabras, tan repetidos y tan usados que ya nadie los toma como sinceros, a pesar de que en casos como éste son profundamente genuinos:

Graciano. ¡Qué cosa más hermosa, Bassanio, muchas gracias! Voy a enmarcar esta belleza. ¡A propósito! Llévale a Porcia esta película: Las uvas de la ira, basada en una novela de John Steinbeck. Se la prometí. Henry Fonda se luce como el gran actor que siempre fue. Y sale también John Carradine. ¡Y Jane Darwell, espléndida! El director es John Ford. Te entrego una joya…

Bassanio.  Hoy mismo la vemos. (Lleva la conversación al libro de Cortázar). Es por ti, Lorenzo, que conocí a los cronopios. ¡Estoy enfrascado en Cortázar! Ya volví a Rayuela. Ahora estoy leyendo el “segundo libro”, es decir, a partir del capítulo 73 “y luego siguiendo en el orden que se indica al pie de cada capitulo”. ¡Pero esto, señores míos, es un poema, no una novela, en cualquiera de sus lecturas! ¡Es un poema! No es Chejov, no es Dostoievski. Rayuela es un largo poema o un conjunto de poemas. ¿Recuerdan el capítulo 7? Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano…

Graciano (se levanta, se dirige al baño, entra y se mira al espejo mientras lava sus manos). ¡Pardiez, se me ocurre hablar de Unamuno y de su nivola! Pero, chitón, guarda silencio, Graciano, para no ser ignorado. El que calla no es ignorado. El que habla puede ser ignorado. El que no ama, nunca será desamado. Ante la duda, abstente, recomienda el padre Ripalda. ¡Pero mejor sí digo algo, a riesgo de no ser escuchado! Algo hay que decir, ante el entusiasmo de Bassanio por Rayuela (sonríe a su reflejo y sale del baño).

Graciano regresa a la mesa, se sienta y retoma la conversación, lo que interrumpe la plática privada entre Bassanio y Lorenzo.

Graciano. A mí me gusta mucho el capítulo aquel del tablón entre las dos ventanas, el puente que tratan de construir para que lo cruce Talita y le lleve a Oliveira clavos y yerba mate… ¡Me encanta ese capítulo!

El comentario de Graciano pasa inadvertido, queda ahí, como servilleta inútil, y sale en manos de la mesera. Sale la servilleta sin pena ni gloria, hacia la cocina. Así que Graciano lanza una segunda alabanza…

Graciano. Y también me gustan los capítulos del manicomio. 
Bassanio (sin poner mucha atención) ¿Qué manicomio?
Graciano. El… manicomio, el… ¿qué es? ¿Un asilo, un manicomio?
Bassanio. ¿Dónde, del lado de allá o del lado de acá?
Graciano. ¡No me acuerdo! Debe ser en Buenos Aires. Sí, en Buenos Aires. El circo que se vuelve hospital psiquiátrico…
Bassanio. No sé de qué hablas.
Graciano. Déjalo. No importa.

Lorenzo escucha en silencio, con la mirada fija en Bassanio. A diferencia de Graciano, que no sabe callarse (y por eso se equivoca muy seguidamente), Lorenzo siempre mide sus palabras, lo que da a sus largos silencios el aspecto de santa continencia y de sabiduría honda.

Graciano. Acabo de terminar mis notas sobre El mercader de Venecia. Pero hay algo que aún no sé como abordar: el conflicto religioso. ¿Debo centrar mi análisis en eso?
Bassanio. Pues, mira, con decirte que a Shylock, por sugerencia de Antonio, el duque de Venecia lo condena a hacerse cristiano…
Graciano. ¡No! ¿Cómo crees? El castigo que le da es entregar la mitad de sus bienes a Antonio, y la otra mitad al Tesoro público. Nada se dice de renunciar a su fe. ¡No me cambies la jugada!
Bassanio. Ay, amado Graciano, por favor, lee con más atención. ¿Cómo es posible que hayas pasado por alto este detalle? A ver, ¿traes el libro? Préstamelo. ¡Por Abraham, los editores han puesto en segundo término La tragedia de Macbeth!
Graciano. Bueno, es que… Shylock es todo un personaje. Yo me identifico más con el judío. Macbeth es un mandilón. Hamlet es un pusilánime pasado de peso (no lo digo yo, lo dice su madre).
Bassanio. ¡Pamplinas! ¡Macbeth es más importante! Y su tragedia es eso, una tragedia. Las tragedias son más importantes que las comedias.
Graciano. Sí, pero…
Lorenzo. ¡A callar, Graciano! Tú andabas tontamente enamorado de Nerissa cuando nosotros ya estábamos haciendo a Shakespeare, a Poe, a Borges, a Calderón de la Barca, a Beckett. ¿Qué vas a saber tú de lo que está bien y lo que está mal? Nos gusta lo que escribes, pero nos disgusta lo que piensas. Nosotros sabemos lo que piensas, católico irredento.

Mientras, durante la invectiva de Lorenzo, Bassanio hojea pero se da tiempo de intervenir…

Bassanio. Edipo sin remedio.
Lorenzo. Polonio patético que siempre quieres quedar bien con todos.
Bassanio. ¡Nosotros sabemos lo que piensas!

Bassanio sigue hojeando el ejemplar hasta que encuentra el pasaje alusivo…

Bassanio. Acto cuarto, casi al final de la primera escena. Dice Antonio: “Ruego a mi señor el dux y al tribunal que se reduzca la multa a la mitad de sus bienes. Me contentaré con tener el simple uso de la otra mitad para entregarla a su muerte al caballero que recientemente ha raptado a su hija. Pido que sean impuestos, además, dos condiciones a esta gracia: la primera, que se vuelva sin demora cristiano; la segunda, que haga aquí, adelante del tribunal, una donación legal de todo lo que posea en el momento de su muerte a su yerno Lorenzo y a su hija”. ¿Ya ves? Yo tenía razón.

Graciano se deprime y recuerda cuando, después de ver Los payasos, de Fellini, se acercó al escritorio de Guillermo Sheridan, para comentarle que había ido a ver la película y que le había divertido mucho. El profesor Sheridan lo miró fijamente y le espetó un “No entendiste nada, Graciano, la película es muy triste”.

Lorenzo (tajante y pontificador). Shakespeare es católico, así que aborrece a los judíos.
Bassanio. Anglicano, en todo caso. Déjame guglear eso, para ver qué sabemos de la religión de Shakespeare. Yo digo que es ateo, o que supo escribir como tal.
Lorenzo. Sea lo que sea, es un cristiano aborrecible, como todos los cristianos, seres inferiores incapaces de entender el concepto de voluntad de poder, pero muy capaces de odiar al prójimo. Y en aquel entonces los cristianos detestaban a los judíos. ¡Nosotros sabemos lo que piensa Shakespeare!
Bassanio (consulta la red desde su celular). Hay opiniones encontradas sobre el asunto.

Queda sólo una luz cenital sobre la mesa de los tres amigos, quienes discuten un poco más, pero sin pasión, en torno a la posición religiosa y política de Shakespeare. Discuten sin darle mucha importancia al tema, como no queriendo alterar la paz fraterna en la que se encuentran. Lorenzo es lacónico, Bassanio discurre con agilidad y Graciano es ignorado olímpicamente, como siempre.

Bassanio (molesto pero condescendiente). No estamos ignorándote, Graciano. Habla con el autor de esto y dile que quite esa acotación.
Lorenzo. Sí, que la quite. Nos hace ver como dos megalómanos insensibles a tu necesidad de atención. ¿Qué estabas diciendo?
Bassanio. ¡Señorita, tráigame por favor un Tehuacán!


Mengua la luz cenital hasta apagarse del todo. El escenario queda completamente a oscuras. Se escuchan aún las voces, pero ya nada es inteligible.

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