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domingo, 30 de agosto de 2015

Zola y Meissonier vistos por Maupassant


Médan, Yvelines, Île-de-France, 1879 (elijo este año para mediar entre dos hechos comprobables: Zola adquiere la quinta de Médan en 1878 y Las veladas de Médan aparecen publicadas en abril de 1880). Un sexteto de escritores se reúne durante varios días en la hermosa casa que habita Èmile Zola. El ya entonces famoso autor de Teresa Raquin (1868) y El vientre de París (1873) es el mayor de los seis (treintainueve años de edad). Aún faltan cinco años para Germinal y casi tres lustros para concluir el proyecto novelístico  de Los Rougon-Macquart.

En casa de Zola se encuentran con él Paul Alexis (32 años), Joris-Karl Huysmans (31), Guy de Maupassant (29), Henri Céard (28) y León Hennique (28). Discuten sobre literatura y sobre arte en general, y organizan grandes comilonas. Emilia Pardo Bazán los imagina como caballeros florentinos contemporáneos de Bocaccio.

Inspirados por sus conversaciones de declarado anti-romanticismo los contertulios escriben cada vez que logran separarse. Durante los encuentros nocturnos, algunos de ellos en “la gran isla de enfrente” (Île du Platais), conversan y leen en voz alta sus escritos.

Descubro la casa de Zola en Google Maps: hoy es el número 26 de la Rue Pasteur y hace esquina con la Rue Émile Zola (la placa dice “Avenue”), que lleva precisamente a un discreto muelle. Ahí, en un brazo del Sena, se habrá entretenido esta peculiar camarilla. Puedo imaginarlos. Flotan en barca e intentan pescar, como Monsieur Patissot, el encantador personaje de Maupassant, aquel cándido paseante de Los domingos de un burgués de París, novela corta cuya publicación coincide con las últimas veladas en Médan y con la muerte de su amigo y protector Gustave Flaubert -1880).


Maupassant lleva a Monsieur Patissot a la casa de Zola, y aprovecha la visita ficticia para describir al padre del naturalismo, quien entonces tiene cuarenta años de edad. Zola, dice Patissot, es “un hombre de mediana estatura, bastante grueso y de aspecto bonachón. Su cabeza (muy parecida a las que podemos ver en muchos cuadros italianos del siglo XVI), sin ser hermosa en el sentido plástico de la palabra, ofrecía un aspecto de fuerza e inteligencia. Tenía el pelo corto, levantado sobre una amplia frente, y una nariz recta, esculpida como a golpe de cincel, rotunda, encima del labio superior, sombreado por un espeso bigote; y todo el mentón cubierto de una barba rala. Su mirada era profunda, a menudo irónica, penetrante; se notaba que allí trabajaba  un pensamiento siempre activo, adivinando las intenciones de los hombres, interpretando las palabras, analizando los gestos, desnudando los corazones. Aquella cabeza redonda y fuerte se correspondía bien con su nombre, corto y eficaz, con dos sílabas saltando entre dos sonoras vocales”.

Patissot tiene también el honor de conocer, en Poissy, a Jean-Louis Ernest Meissonier, quien entonces cuenta ya con 65 años de edad. Queda Patissot prendado de la barba del pintor,  “una barba de profeta, increíble, un río, una cascada, un Niágara de barba”. 

Meissonier no me cae muy bien porque impidió que el genial Gustave Courbet participara en el Salón de 1872, no por razones estéticas sino por desavenencias políticas (un año antes, Courbet había colaborado con el gobierno de la Comuna de París). Sin embargo, no comparto el desprecio que le tuvo Baudelaire, quien llegó a llamarlo "gigante enano". El poeta comete el mismo error del pintor, el de confundir al artista con su militancia política.



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