Mr. Natural es...

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Cuando busco la verdad, pregunto por la belleza.

lunes, 19 de septiembre de 2016

32 años de La Jornada

En 1984 se fundaron, entre otras, dos grandes instituciones: La Jornada y el Laboratorio de Teatro y Taller de Autoayuda de la Señorita Ilizaliturri Landizeta (Mamá-Z).

Entonces, yo impartía clases de literatura en el Colegio de Montaignac, una preparatoria particular en la Colonia del Valle a la que había entrado en enero de 1980, apenas seis meses después de una terrible tifoidea que me tuvo al borde de la muerte.

Flash-back. Llamo a 1979 El Año del Maestro Fleming.

1979. Gracias a la tifoidea, pude entonces ver completa la telenovela del mediodía: Mamá Campanita, con Silvia Derbez, Enrique Lizalde, Raymundo Capetillo y Julieta Egurrola. Estaba yo tan enfermo, que mi cerebro no daba para más. Las telenovelas eran lo único en que podía fijar la vista sin sufrir intensos dolores de cabeza. Aunque, ahora que me acuerdo, también pude leer Moby Dick y varias páginas de un diccionario de pastas verdes que me regaló mi padre, así como una versión condensada de David Copperfield que Octavio me llevó de regalo a mi lecho de enfermo. Además de Octavio, me visitaron Arturo Macías, Alberto Pasapera, Óscar Fernández y Lourdes Christlieb.

Al principio, los médicos no atinaron a explicar la gravedad de mi estado, hasta que el doctor Pablo Teuscher pronunció en voz alta, junto a mi cama, el espantoso diagnóstico:

-¡Este muchacho está muriéndose! Lo que tiene es tifoidea, pero muy avanzada.

Fue mi madre, la Unigénita de Dios, quien me salvó de la tumba con sus amorosos cuidados, esmeros que a la vez me dejaron una extraña aunque exquisita adicción por la penicilina, cuyo consumo sólo he logrado controlar con whisky.

La penicilina me condujo a leves cuadros de encefalopatía hepática aguda, pues recuerdo deliciosas alteraciones y confusiones mentales, cambios de personalidad y un gracioso estupor contiguo al estado místico (que también conozco, pero sólo a través del hambre).

El doctor Teuscher era nuestro vecino y un muy querido amigo de la familia. Una de sus hijas (todas hermosas), fue Marieta Teuscher, lindísima jovencita que en 1968 se incorporó al grupo de edecanes del Comité Olímpico Mexicano. El 2 de octubre de ese año, por insistencia de unos amigos, decidió acudir a la manifestación de la Plaza de las Tres Culturas, en Tlaltelolco. No regresó a casa. Alcanzada por una bala, Marieta perdió la vida. Paul Teuscher, hijo del doctor, tuvo que acudir a reconocer el cuerpo de su hermana.

Diecinueve años después de su muerte, Marieta se convertiría –para dolor e indignación de su familia- en un mito barato llamado Regina, construido por Antonio Velasco Piña, autor de jaladas esotéricas y místicas en las que confluyen sin rigor de ninguna especie Teotihuacan y el Tibet.

Volvamos a 1979. En mi semi-inconsciencia delirante escuché el anuncio de mi muerte, lo que a nadie puede resultar agradable. Sin embargo y por extraño que parezca, no experimenté inquietud alguna ante las palabras del doctor Teuscher (quien ocho años después fue apoyado por Elena Poniatowska para denunciar al tal Velasco Piña). Todavía entonces la presencia de mis padres significaba en casa la más alta garantía de inmunidad...

Pues me estaré muriendo –pensé-, pero ya sabrá mi madre resolver el asunto, como lo resolvió en 1964, cuando la hepatitis atacó simultáneamente a los siete hermanos (el octavo, Juan Carlos, aún no había nacido).


Hasta ahí las historias de delirio chamánico y viajes en penicilina. Ahora, volvamos al año de La Jornada.

A mis 28 años, dedicar toda la mañana a colegialas adolescentes valía tanto como ingresar gratuitamente al cielo mahometano del que habla John Donne en Elegía, antes de acostarse, poema que –por supuesto- leía en voz alta apenas llegaba a la poesía inglesa del siglo XVII (Ven, ven, todo reposo mi fuerza desafía). Las alumnas también quedaban encantadas con Maithuna, de Octavio Paz, y Las nueve puertas de tu cuerpo, de Guillaume Apollinaire, poema este último que Octavio Herrero y yo leíamos en la adolescencia como si fuera el Padre Nuestro:


¡Oh puertas de tu cuerpo!
Son nueve y las he abierto todas.
¡Oh puertas de tu cuerpo!
Son nueve y para mí se han vuelto a cerrar todas.


…no hay en la vida nada
como la pena de ser ciego en Granada.

En esta oración escrita en un azulejo de la Alhambra se halla uno de los más oportunos y elocuentes homenajes hechos a la capital de la Andalucía mora, ciudad que fue, a fines de la Edad Media, el último reducto de la España árabe. Diez años antes de que Carlos Fuentes citara el piropo en El espejo enterrado, ya lo usaba yo, a veces, para anunciar mi llegada al salón de clases, no más por dármelas de exquisito, aunque también para esconder ese entusiasmo que me provocaba entonces entrar todos los días a una madriguera de huríes en flor. Hoy, sin embargo, el mismo hecho equivaldría a visitar un infierno tapizado de gatitos sonrientes. Antes de los 30, es posible soportar a una banda de adolescentes. A partir de los cuarenta, el esfuerzo se convierte en deseo de acabar con la humanidad de una vez y para siempre.

Me colocaba en el umbral de la puerta, absolutamente serio, grave, circunspecto, esperando que las escuinclas guardaran silencio y tomaran sus respectivos pupitres. Recorría la mirada, como en busca de alguna irreverente que se atreviera a toser en ese momento. Seguro de la atención absoluta, decía, amable y pausadamente: ¡No hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada!

El salón olía a jardín andaluz. Yo me sentía en Granada.

En ésas estaba cuando, el 29 de febrero de ese 1984, varios escritores, algunos artistas y otros tantos intelectuales convocaron a la gente a encontrarse en el Hotel de México (todavía no se llamaba World Trade Center) para anunciar la fundación de un nuevo periódico, La Jornada, impulsada por los periodistas que poco antes habían abandonado el UnomásUno por desacuerdos con la administración y la línea política en la que parecía estar cayendo el diario surgido en 1976 (a su vez, el UnomásUno había sido la respuesta inteligente –junto con Proceso- al golpe fascista de Luis Echeverría contra el Excelsior, que entonces dirigía Julio Scherer –de esto ya hablé alguna vez, y prefiero remitirte, lector, a Los periodistas, el libro donde Vicente Leñero hace la crónica de los hechos con pelos y señales).

Recuerdo que ese día se invitó a los asistentes a adquirir acciones de la nueva empresa. Yo traía en la bolsa la cantidad exacta para comprar una acción (500 pesos)... ¡y no lo hice! Soy un timorato, un pusilánime, un desconfiado de la vida. ¿Cuánto valdría hoy, treinta años después, mi acción? No sé, pero ya ni llorar es bueno. Sólo guardé de esa tarde el cartel tamaño tabloide que reproducía el número cero del periódico en ciernes (enmarcado, el cartel está hoy dentro de la tumba donde yace mi difunta esposa; sin embargo, no he pensado en la exhumación).

Ante las circunstancias actuales, los discursos de entonces merecen recordarse por su lucidez y su pasmosa vigencia. Recordemos que fueron pronunciados cuando aún estaba el PRI en el poder (como lo está ahora, nuevamente), no sólo con su eterna conculcación de los derechos ciudadanos sino, para colmo, con su franca traición a los principios mismos de la revolución de la que había surgido.

Pablo González Casanova dijo hace treinta y dos años lo que hoy mismo podría ser pronunciado: La crisis no es sólo económica. Esta crisis lleva a un reacomodo del poder desde posiciones de fuerza nacionales e internacionales. La banca mundial quiere hacer de los presidentes latinoamericanos virreyes que cobren tributos y mantengan el orden interno. En la sociedad civil, la ideología de las grandes empresas y el liberalismo monopólico, con sus distintas versiones neoconservadoras y neoliberales, dibujan el perfil de un país distinto, adorador de las culturas de las elites y de la energía como fuerza contra el pueblo. En busca de una democracia para pocos y de una libertad para sublimes, el proyecto de nuevo país cuenta con numerosos ideólogos de buen nivel, que encuentran la fama y la moda apoyadas en los recursos retóricos más antiguos y modernos, en academias y medios masivos de comunicación. La alternativa conservadora realiza con éxito una guerra de posiciones que ya la está colocando en el camino del poder.

Carlos Payán Velver dijo entonces lo que hoy mismo podría ser pronunciado: La abundancia informativa no ha traído claridad a la opinión pública. Acaso confusión. Parece haber en el sector, como en el conjunto del sistema político, un problema de legitimidad. Atados a intereses particulares, de orden político, mercantil o patrimonial, los medios informativos han ido perdiendo credibilidad y eficacia, o bien aprovechan su penetración para ejercer su prepotencia y una distorsión intencional. Hay excepciones. El rasgo central de los medios es que ya eran políticamente desequilibrados y se han desplazado aún más hacia la derecha. Los dominan el conservadurismo ideológico y la estrecha lógica mercantil, cuando no la alianza extranacional.

Así, La Jornada nació con una idea verdaderamente progresista del periodismo, idea que hasta hoy ha mantenido y defendido, incluso contra el ataque esquizoide de la oligarquía y de un sector de la clase media. Una y otro siempre han encontrado razones para atacar al diario: órgano oficial de los comunistas trasnochados, panfleto cardenista, el Ocosingo News zapatista, pasquín de la ETA, vocero del Peje...

Los propósitos de La Jornada fueron claramente delineados esa misma tarde, por el propio Payán:

1. Estimular la participación de los ciudadanos a favor de causas fundamentales de México (más de una vez se le acusó de promover la insurrección de las masas).

2. Contribuir a la lucha por la defensa de la soberanía y la independencia nacionales, y la solidaridad con las luchas de otros pueblos (más de una vez se le acusó de tener lazos con ETA y con la Organización para la Liberación de Palestina).

3. El diario ejercicio y el respeto irrestricto a las garantías individuales y sociales (más de una vez se le acusó de promover la pornografía y las "desviaciones" sexuales).

4. El compromiso con las necesidades y demandas de los trabajadores del campo y de la ciudad, así como de las mayorías marginadas del país (siempre se le ha acusado de comunistoide).

No sólo las palabras escritas y pronunciadas hace casi seis lustros por Pablo González Casanova y Carlos Payán Velver siguen vigentes, sino que los propósitos que impulsaron la fundación de La Jornada aún rigen, para bien de la sociedad, la tarea y los compromisos de su dirección.

En septiembre de 1985, exactamente una semana después del terremoto, Mamá-Z dio su primer concierto en vivo, en El Ágora, café-librería que ya no existe pero que durante varios años fue uno de los puntos clave de la cultura juvenil de la ciudad, junto con Gandhi, el Foro Tlalpan, el CADAC, la Carpa Geodésica, El Galeón y la Casa del Lago.

De ese concierto existe un video, aunque nadie sabe dónde está.

Sucedida la tragedia del 19 de septiembre, La Jornada acompañó a los grupos y a las organizaciones de afectados y descubrió, en ellos, un México que no estaba presente en el panorama mediático ni en un discurso oficial, que no tenía más reflejos que el autoelogio y al triunfalismo.

Al hacer amigos, Mamá-Z se vio de pronto involucrada como banda de rock en el movimiento estudiantil de entonces, que pareció anunciar el resquebrajamiento del sistema político, resquebrajamiento que, a su vez, concluyó con la candidatura presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas y la conformación del Frente Democrático Nacional (el antecedente del extinto PRD -la cosa que hoy aparece con su nombre es sólo un vergonzoso detrito).

Con ese ambiente, participamos en un legendario concierto dentro del Auditorio Che Guevara de la Facultad de Filosofía y Letras, concierto en el que el rock mexicano manifestaba su abierta adhesión al movimiento estudiantil.

Y La Jornada ya estaba ahí, cubriendo los acontecimientos que la mayoría de los medios se negaba a ver.

Más tarde, cuando emerge a la superficie el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, Mamá-Z está a punto de desaparecer, pues ha agotado ya su propuesta musical. Mientras, La Jornada se vuelve el único medio confiable para seguir las primeras acciones zapatistas y para leer los comunicados del Subcomandante Marcos.

Antes de 1994, el periódico ya había dado cuenta de lo que en Chiapas estaba sucediendo con el movimiento Xi’ Nich’ (Las Hormigas), cuyos miembros marcharon de Palenque al Distrito Federal en busca de las soluciones que el gobierno de Chiapas era incapaz de encontrar.

Por todo ello y por cosas más recientes, La Jornada sigue siendo –después de treinta y dos años- mi periódico de cabecera y mi lectura más confiable. Agradezco profundamente el gesto de amistad y de solidaridad que tuvieron con la familia algunos directivos y varios colaboradores ante la muerte de Gerardo. Aunque La Jornada nunca se ha distinguido por ocuparse de Mamá-Z con genuino interés (sus "expertos" nos ignoran olímpicamente), debo agradecer a varios de sus colaboradores la amistad que nos han brindado desde siempre: Víctor Roura (quien escribió en 1986 la primera reseña sobre el grupo en su columna Rolas al margen), Raúl de la Rosa, Manuel Ahumada, Rafael Barajas (El Fisgón), Jaime Avilés, Fabrizio León y Pedro Miguel. Con muchos de ellos hemos desayunado, comido o incluso brindado a altas horas de la noche, y eso vale más que una nota fría hecha por compromiso.

El día que me incendien, háganme el favor de colocar junto a mí La Jornada del día. No sé cuánto tiempo me llevará cruzar el Flegetonte.

viernes, 25 de marzo de 2016

Los sobrevivientes de Venecia


Escena única. Ciudad de México (420 años después de los sucesos en Venecia y Belmont). La cafetería del Sanborns de Aguascalientes. Son las 7:45 de la tarde. Una mesa, al fondo, cerca de los baños. Graciano (ataviado con una camisa floreada, como sexagenario en Florida) y Lorenzo (vestido discretamente, sin aspavientos). Beben café mientras esperan la llegada de Bassanio.

Graciano. Tengo que ir al ornitolaringólogo, Lorenzo, me urge...
Lorenzo. Otorrinolaringólogo, quieres decir.
Graciano. ¡No, no! Ornitolaringólogo. Pasa que siento un pájaro metido en el oído.

Ambos ríen por la babosada. Entra Bassanio (músico, poeta y dibujante), quien abraza cariñosamente a Lorenzo y Graciano. Ellos se han levantado sin parar de reír. Después de los abrazos, los tres se acomodan en sus respectivas y cómodas sillas.

Bassanio. ¡Por fin tenemos, señores, el placer de reír juntos otra vez! La última vez que nos vimos estuvieron ambos de un humor singularmente retraído, y eso no estaba bien. Qué bueno que los veo contentos. ¿Ya pidieron?

Cada cierto tiempo, cuando los asaltan el cariño y las ganas de verse, se reúnen a comer molletes en este lugar emblemático de su adolescencia. La regla es llegar solos, sin compañías sentimentales, cosa que Salarino, el cuarto amigo (quien nunca aparece en escena) no entiende; pero es difícil hacer comprender a Salarino que nadie tiene nada contra su mujer ni contra el resto de las mujeres. Es algo mucho más sencillo: es el placer de conversar con los viejos amigos, con los viejos camaradas, sin distraerse con otros mundos.

Sorprendentemente delgado, muy à la mode (de barba) y ofensivamente saludable, Bassanio se ha convertido en un insulto permanente a los frecuentes achaques de sus amigos: Lorenzo con su gota y Graciano con su dolor de oído y su neurodermatitis…

Lorenzo (seriamente, como si sólo deseara dejar constancia de un dolor al que no piensa renunciar). La gota me tira a la cama horas, días…

Bassanio. Acido Úrico.

Graciano (haciéndose el gracioso). ¿Has sido Úrico, Lorenzo? ¡Vaya, soy el úrico que no se entera de nada!

Bassanio y Lorenzo no atrapan el ingenio pueril de su amigo, o no quieren atraparlo. Nunca. El humor de Graciano, piensan sus cercanos, siempre es muy simplón (y se lo han dicho de mil maneras, pero él insiste y la gente insiste en ignorarlo).  La risa por lo del pájaro en el oído es una excepción que confirma la regla.

Lorenzo. No es ácido úrico, es otra cosa.

Bassanio. ¡Pero tiene que ver con la alimentación, Lorenzo!

Lorenzo. Sí, por supuesto Todo tiene que ver con lo que te metes en la boca.

Graciano suelta alguna majadería, que apenas si es captada por Lorenzo y Bassanio, porque ya Bassanio entrega a sus amigos sendos regalos:

Bassanio. A ti, entrañable Graciano, te toca recibir mi más reciente obra de arte: tu retrato. Y a ti, querido Lorenzo, la edición ilustrada de Historia de Cronopios y Famas, con hermosos dibujos de Elenio Pico, bonaerense radicado en Barcelona.

Mientras Lorenzo recibe su libro (con parsimonia), Graciano, conmovido y casi sin habla, logra articular uno de sus típicos asombros vehementes en forma de palabras, tan repetidos y tan usados que ya nadie los toma como sinceros, a pesar de que en casos como éste son profundamente genuinos:

Graciano. ¡Qué cosa más hermosa, Bassanio, muchas gracias! Voy a enmarcar esta belleza. ¡A propósito! Llévale a Porcia esta película: Las uvas de la ira, basada en una novela de John Steinbeck. Se la prometí. Henry Fonda se luce como el gran actor que siempre fue. Y sale también John Carradine. ¡Y Jane Darwell, espléndida! El director es John Ford. Te entrego una joya…

Bassanio.  Hoy mismo la vemos. (Lleva la conversación al libro de Cortázar). Es por ti, Lorenzo, que conocí a los cronopios. ¡Estoy enfrascado en Cortázar! Ya volví a Rayuela. Ahora estoy leyendo el “segundo libro”, es decir, a partir del capítulo 73 “y luego siguiendo en el orden que se indica al pie de cada capitulo”. ¡Pero esto, señores míos, es un poema, no una novela, en cualquiera de sus lecturas! ¡Es un poema! No es Chejov, no es Dostoievski. Rayuela es un largo poema o un conjunto de poemas. ¿Recuerdan el capítulo 7? Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano…

Graciano (se levanta, se dirige al baño, entra y se mira al espejo mientras lava sus manos). ¡Pardiez, se me ocurre hablar de Unamuno y de su nivola! Pero, chitón, guarda silencio, Graciano, para no ser ignorado. El que calla no es ignorado. El que habla puede ser ignorado. El que no ama, nunca será desamado. Ante la duda, abstente, recomienda el padre Ripalda. ¡Pero mejor sí digo algo, a riesgo de no ser escuchado! Algo hay que decir, ante el entusiasmo de Bassanio por Rayuela (sonríe a su reflejo y sale del baño).

Graciano regresa a la mesa, se sienta y retoma la conversación, lo que interrumpe la plática privada entre Bassanio y Lorenzo.

Graciano. A mí me gusta mucho el capítulo aquel del tablón entre las dos ventanas, el puente que tratan de construir para que lo cruce Talita y le lleve a Oliveira clavos y yerba mate… ¡Me encanta ese capítulo!

El comentario de Graciano pasa inadvertido, queda ahí, como servilleta inútil, y sale en manos de la mesera. Sale la servilleta sin pena ni gloria, hacia la cocina. Así que Graciano lanza una segunda alabanza…

Graciano. Y también me gustan los capítulos del manicomio. 
Bassanio (sin poner mucha atención) ¿Qué manicomio?
Graciano. El… manicomio, el… ¿qué es? ¿Un asilo, un manicomio?
Bassanio. ¿Dónde, del lado de allá o del lado de acá?
Graciano. ¡No me acuerdo! Debe ser en Buenos Aires. Sí, en Buenos Aires. El circo que se vuelve hospital psiquiátrico…
Bassanio. No sé de qué hablas.
Graciano. Déjalo. No importa.

Lorenzo escucha en silencio, con la mirada fija en Bassanio. A diferencia de Graciano, que no sabe callarse (y por eso se equivoca muy seguidamente), Lorenzo siempre mide sus palabras, lo que da a sus largos silencios el aspecto de santa continencia y de sabiduría honda.

Graciano. Acabo de terminar mis notas sobre El mercader de Venecia. Pero hay algo que aún no sé como abordar: el conflicto religioso. ¿Debo centrar mi análisis en eso?
Bassanio. Pues, mira, con decirte que a Shylock, por sugerencia de Antonio, el duque de Venecia lo condena a hacerse cristiano…
Graciano. ¡No! ¿Cómo crees? El castigo que le da es entregar la mitad de sus bienes a Antonio, y la otra mitad al Tesoro público. Nada se dice de renunciar a su fe. ¡No me cambies la jugada!
Bassanio. Ay, amado Graciano, por favor, lee con más atención. ¿Cómo es posible que hayas pasado por alto este detalle? A ver, ¿traes el libro? Préstamelo. ¡Por Abraham, los editores han puesto en segundo término La tragedia de Macbeth!
Graciano. Bueno, es que… Shylock es todo un personaje. Yo me identifico más con el judío. Macbeth es un mandilón. Hamlet es un pusilánime pasado de peso (no lo digo yo, lo dice su madre).
Bassanio. ¡Pamplinas! ¡Macbeth es más importante! Y su tragedia es eso, una tragedia. Las tragedias son más importantes que las comedias.
Graciano. Sí, pero…
Lorenzo. ¡A callar, Graciano! Tú andabas tontamente enamorado de Nerissa cuando nosotros ya estábamos haciendo a Shakespeare, a Poe, a Borges, a Calderón de la Barca, a Beckett. ¿Qué vas a saber tú de lo que está bien y lo que está mal? Nos gusta lo que escribes, pero nos disgusta lo que piensas. Nosotros sabemos lo que piensas, católico irredento.

Mientras, durante la invectiva de Lorenzo, Bassanio hojea pero se da tiempo de intervenir…

Bassanio. Edipo sin remedio.
Lorenzo. Polonio patético que siempre quieres quedar bien con todos.
Bassanio. ¡Nosotros sabemos lo que piensas!

Bassanio sigue hojeando el ejemplar hasta que encuentra el pasaje alusivo…

Bassanio. Acto cuarto, casi al final de la primera escena. Dice Antonio: “Ruego a mi señor el dux y al tribunal que se reduzca la multa a la mitad de sus bienes. Me contentaré con tener el simple uso de la otra mitad para entregarla a su muerte al caballero que recientemente ha raptado a su hija. Pido que sean impuestos, además, dos condiciones a esta gracia: la primera, que se vuelva sin demora cristiano; la segunda, que haga aquí, adelante del tribunal, una donación legal de todo lo que posea en el momento de su muerte a su yerno Lorenzo y a su hija”. ¿Ya ves? Yo tenía razón.

Graciano se deprime y recuerda cuando, después de ver Los payasos, de Fellini, se acercó al escritorio de Guillermo Sheridan, para comentarle que había ido a ver la película y que le había divertido mucho. El profesor Sheridan lo miró fijamente y le espetó un “No entendiste nada, Graciano, la película es muy triste”.

Lorenzo (tajante y pontificador). Shakespeare es católico, así que aborrece a los judíos.
Bassanio. Anglicano, en todo caso. Déjame guglear eso, para ver qué sabemos de la religión de Shakespeare. Yo digo que es ateo, o que supo escribir como tal.
Lorenzo. Sea lo que sea, es un cristiano aborrecible, como todos los cristianos, seres inferiores incapaces de entender el concepto de voluntad de poder, pero muy capaces de odiar al prójimo. Y en aquel entonces los cristianos detestaban a los judíos. ¡Nosotros sabemos lo que piensa Shakespeare!
Bassanio (consulta la red desde su celular). Hay opiniones encontradas sobre el asunto.

Queda sólo una luz cenital sobre la mesa de los tres amigos, quienes discuten un poco más, pero sin pasión, en torno a la posición religiosa y política de Shakespeare. Discuten sin darle mucha importancia al tema, como no queriendo alterar la paz fraterna en la que se encuentran. Lorenzo es lacónico, Bassanio discurre con agilidad y Graciano es ignorado olímpicamente, como siempre.

Bassanio (molesto pero condescendiente). No estamos ignorándote, Graciano. Habla con el autor de esto y dile que quite esa acotación.
Lorenzo. Sí, que la quite. Nos hace ver como dos megalómanos insensibles a tu necesidad de atención. ¿Qué estabas diciendo?
Bassanio. ¡Señorita, tráigame por favor un Tehuacán!


Mengua la luz cenital hasta apagarse del todo. El escenario queda completamente a oscuras. Se escuchan aún las voces, pero ya nada es inteligible.

domingo, 30 de agosto de 2015

Zola y Meissonier vistos por Maupassant


Médan, Yvelines, Île-de-France, 1879 (elijo este año para mediar entre dos hechos comprobables: Zola adquiere la quinta de Médan en 1878 y Las veladas de Médan aparecen publicadas en abril de 1880). Un sexteto de escritores se reúne durante varios días en la hermosa casa que habita Èmile Zola. El ya entonces famoso autor de Teresa Raquin (1868) y El vientre de París (1873) es el mayor de los seis (treintainueve años de edad). Aún faltan cinco años para Germinal y casi tres lustros para concluir el proyecto novelístico  de Los Rougon-Macquart.

En casa de Zola se encuentran con él Paul Alexis (32 años), Joris-Karl Huysmans (31), Guy de Maupassant (29), Henri Céard (28) y León Hennique (28). Discuten sobre literatura y sobre arte en general, y organizan grandes comilonas. Emilia Pardo Bazán los imagina como caballeros florentinos contemporáneos de Bocaccio.

Inspirados por sus conversaciones de declarado anti-romanticismo los contertulios escriben cada vez que logran separarse. Durante los encuentros nocturnos, algunos de ellos en “la gran isla de enfrente” (Île du Platais), conversan y leen en voz alta sus escritos.

Descubro la casa de Zola en Google Maps: hoy es el número 26 de la Rue Pasteur y hace esquina con la Rue Émile Zola (la placa dice “Avenue”), que lleva precisamente a un discreto muelle. Ahí, en un brazo del Sena, se habrá entretenido esta peculiar camarilla. Puedo imaginarlos. Flotan en barca e intentan pescar, como Monsieur Patissot, el encantador personaje de Maupassant, aquel cándido paseante de Los domingos de un burgués de París, novela corta cuya publicación coincide con las últimas veladas en Médan y con la muerte de su amigo y protector Gustave Flaubert -1880).


Maupassant lleva a Monsieur Patissot a la casa de Zola, y aprovecha la visita ficticia para describir al padre del naturalismo, quien entonces tiene cuarenta años de edad. Zola, dice Patissot, es “un hombre de mediana estatura, bastante grueso y de aspecto bonachón. Su cabeza (muy parecida a las que podemos ver en muchos cuadros italianos del siglo XVI), sin ser hermosa en el sentido plástico de la palabra, ofrecía un aspecto de fuerza e inteligencia. Tenía el pelo corto, levantado sobre una amplia frente, y una nariz recta, esculpida como a golpe de cincel, rotunda, encima del labio superior, sombreado por un espeso bigote; y todo el mentón cubierto de una barba rala. Su mirada era profunda, a menudo irónica, penetrante; se notaba que allí trabajaba  un pensamiento siempre activo, adivinando las intenciones de los hombres, interpretando las palabras, analizando los gestos, desnudando los corazones. Aquella cabeza redonda y fuerte se correspondía bien con su nombre, corto y eficaz, con dos sílabas saltando entre dos sonoras vocales”.

Patissot tiene también el honor de conocer, en Poissy, a Jean-Louis Ernest Meissonier, quien entonces cuenta ya con 65 años de edad. Queda Patissot prendado de la barba del pintor,  “una barba de profeta, increíble, un río, una cascada, un Niágara de barba”. 

Meissonier no me cae muy bien porque impidió que el genial Gustave Courbet participara en el Salón de 1872, no por razones estéticas sino por desavenencias políticas (un año antes, Courbet había colaborado con el gobierno de la Comuna de París). Sin embargo, no comparto el desprecio que le tuvo Baudelaire, quien llegó a llamarlo "gigante enano". El poeta comete el mismo error del pintor, el de confundir al artista con su militancia política.