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Cuando busco la verdad, pregunto por la belleza.

domingo, 7 de junio de 2015

Ginecomancia

Ella

Soy de Bulgákov la Margarita que aventura en escoba demoníaca, y también la Margarita enamorada que tose sangre sobre sus camelias. Soy en Yautepec Manuela que, mojada por tormenta indispensable, cabalga hacia Xochimancas; y Emma Bovary en el castillo de Andervilliers o en su farmacia ambigua, purgatorio definitivo. Soy todas las mujeres, y esta noche me vuelvo testigo en la narración de nuestros delitos y de la pasión que sembramos; pero también soy la que canta al abandono, a la ausencia y al llanto de muchas mujeres. Soy la geográfica Alicia que viaja por su túnel vertical, y Eugenia Grandet que amenaza con arrancarse la vida si su padre profana el cofre que es reliquia. Soy la pastora Marcela que lava sus manos ante el suicidio de Grisóstomo. Soy Pragedis, que recoge con santa esponja la sangre de los mártires después del suplicio, y de la Ginecomaquia la hermana Serafina en el pabellón amarillo, como a las once y media de la noche.

Él

Nuestra historia es un viaje que comienza y termina con las mujeres. Mujeres y éxodos, no hay más. Si andamos en tránsito, una de ellas duerme entre nuestros brazos (viajamos mucho, al menos alrededor de nosotros mismos). Al navegar, buscamos los puertos de su presencia y los miramos con los ojos del hijo pródigo; y al instalarnos entre sus brazos, al encallar en sus orillas, contemplamos el horizonte y suspiramos.

Ella

Soy Doralice en brazos tártaros enredada, y la frívola Angélica de Catay, ofrecida al apetito de monstruo marino. Habito, pues, el gineceo de la fantasía memorable, conozco el perfume de sus muebles y los espejos que los reflejan inclinados.

Él

Es la herida, la que no cierra: cuando está a punto de cicatrizar, alguien se presenta para abrirla de nuevo y dejarla a la intemperie.

Ella

Soy Desdémona que pierde su pañuelo, y también la bruja que lo bordó. Soy, entre las hijas de Bernarda, la rebelde Adela. Soy Iría Clarós en la suite del Hotel Saint Michel, y Lola en el cementerio con Pascual Duarte encima. Soy la invencible Bradamante, loca de amor, por las gargantas pirenaicas.

Él

Caemos en los pantanosos ojos de ciertas mujeres.

Ella

Soy, diría el dromedario dramaturgo, nodriza con privilegios de nobleza. Soy Dido, con apócrifo Ascanio entre los brazos (tuve, como Arturo en el infierno, la belleza en mis rodillas), o tal vez la misma fenicia pero en los Campos Llorosos. Soy la enervada Matilde en la biblioteca, con Julián Sorel, y la Isabella que tiembla en subterráneo de Otranto, perseguida por un Manfredo desorbitado; o tal vez Hipólita desdeñada.

Él

Hablo de mujeres ciertas. La ciénaga de sus miradas y la luz de sus cuerpos son nuestra perdición y nuestra prosperidad, nuestro dolor y nuestro placer.

Ella

Vivo, pues, en la casa de la ginecología formidable; toco, descalza, el mosaico tibio de sus pabellones, y he llegado hasta los rincones donde las sábanas se amontonan, y entre sus pliegues se percibe aún el perfume de mis cuerpos dormidos.

Él

¿Dónde se vive esta locura si no es en el centro de las mujeres? El diablo nos persigue, se disfraza, nos hace caer, nos acaricia, nos acoge, entramos en él con la sonrisa del ciego ante el abismo. Llegamos al fondo de las mujeres, ¿y qué encontramos? Espejos, superficies que nos reflejan y nos reproducen hasta el infinito. Quietos nos estamos en esas habitaciones interiores, porque hay paz y porque, si nos movemos, llega la oscuridad. Y si fundamos ahí nuestro cielo, el diablo se estira y mete la cabeza por su propia vagina: es serpiente que busca, encuentra, devora y escupe. Desiertas mujeres en cuyos paisajes quedamos tendidos, con los brazos en ruego de agua.

Coro

¿Cómo llamarla, cómo decir su verdadero nombre? ¿En qué mapa de la astronomía se registra su existencia?

Él

La gente dice que, como Dios y sus ángeles, puede estar en todas partes. Y empiezo a creerlo, porque ella es los lugares que toca su alma de nómada –fenicia que intercambia sueños mientras, hebrea, busca su tierra prometida, el valle sagrado donde la nube que desde siempre la acompaña deje de llover y vuelva a ser su alimento, convertida en amaranto y coliflor o jícama bañada en limones.

Coro

Salta a no sé dónde, a no sé cuándo. Brinca, bendita ocurrencia cósmica. Llega al jardín por tus ojos inventado y deja que los siglos venideros te nombren como hasta ahora el mundo te conoce: Mujer, Cosa que se Mueve (polvo dinámico, niña quinética). ¿No es acaso el movimiento su naturaleza?

Él

¿No repite de la mosca la inquietud?

TELÓN

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