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Cuando busco la verdad, pregunto por la belleza.

sábado, 10 de marzo de 2012

¡Salva el planeta, escucha a los Stones!



SALVA EL PLANETA
Escucha a los Stones

Tuve durante la semana que termina un pequeño pero profundo lapso de aprendizaje. Descubrí que vivo dentro de una sociedad que considera buenas y saludables la generación de ruido y la imposición del mal gusto musical en espacios públicos.

Pero voy a dejar esto del "mal gusto" fuera de mis reflexiones, porque es un tema que podría hacer "ruido" en mi búsqueda de comunicación y de entendimiento.

Vivo dentro de una sociedad que me mira extrañada cada vez que expreso mis amargas quejas y mi petición de justicia: ¡Alguien, por amor de Dios, detenga a los meones de ruido!

-¿Qué? ¡Por favor, Agustín, no seas tan amargado! Aprende a ser tolerante.

¿Por qué soy obligado a escuchar lo que no deseo escuchar?¿Por qué soy obligado a admitir el interminable repertorio "musical” de muchos de quienes me rodean?

Con amable deseo de paz pero con una torcida idea de la democracia, gente de buena voluntad que se ve atrapada en medio de mis pleitos con los meones de ruido, me sugieren “negociar” los espacios públicos.  ¿Negociar los espacios públicos?  ¿Negociar fragmentos de república, como lo han hecho desde hace años autoridades delegacionales y municipales de todas las expresiones políticas? ¡No, no y no! Hay cosas que no se negocian. Lot fue capaz de ofrecer la virginidad de sus hijas a los sodomitas, a cambio de que éstos no violaran a los ángeles enviados por Jehová (Génesis 19, 1.38). Yo no. Yo no ofreceré ni un vaso de agua a los sodomitas meones de ruido. Hay, insisto, cosas públicas y privadas que no se negocian.

¿Democracia, negociación? ¿Qué pasa? ¿He caído en el mundo de Humpty Dumpty? ¿Las palabras significan lo que cada quien desea que signifiquen? ¿Qué tienen que ver la democracia y la negociación frente a los fenómenos de barbarie?

Si alguien comienza a orinarse sobre mí y yo me quejo, el pacificador llegará con su sonrisa a proponerme negociar el asunto para que todo termine en un ganar-ganar.

-No te quejes si alguien se orina en ti, querido amigo. Tu queja es signo de intolerancia. ¡Demuestra que eres una persona madura! ¡Negocia! ¿Qué, nos has aprendido nada en tus talleres de Coaching y tus terapias psicoanalíticas? ¡Negocia! ¡Lleguemos a un exitoso ganar-ganar! ¡Vamos, tú puedes!  Se me ocurre, querido amigo, que el meón no se orine sólo en tu zapato derecho sino que alterne sus meados: un poquito en tu zapato derecho, un poquito en tu zapato izquierdo. Si aceptas, eso demostrarás que has crecido como ser humano.

Las palabras de los negociadores a ultranza son a veces tan convincentes, que muchas veces he soltado la quijada de burro que ya blandía para encajarla en el cráneo de algún meón. ¡Pero ya estuvo bien! Algo voy a hacer. Una organización, un grupo en Defensa del Silencio (ayer comenté a ciertas personas mi proyecto de crear el Bar del Silencio, pero cometí el error de describirlo frente a un fanático del heavy metal, así que sólo recibí algunos gestos de indiferencia y otros de franca preocupación por mi salud mental).

La fracción IV del artículo 346 del Código Penal del Distrito Federal advierte que aquel que genere ruidos de fuentes fijas O MÓVILES será detenido y encarcelado durante un mínimo de dos años.  En general, se considera ruido o contaminación acústica a aquel sonido molesto que puede producir efectos fisiológicos o psicológicos nocivos para una persona o grupo de personas. Los efectos del ruido pueden ser fisiológicos y psicológicos (irritabilidad exagerada, por ejemplo). En mi caso, todos los males me acosan apenas soy víctima del ruido.

Pero dicha fracción es, por lo que se ve y se escucha, letra muerta.

Si demando respeto a mi derecho a un ambiente apacible y sosegado, esa misma sociedad me tacha de intolerante y neurótico. ¡Y que no se me ocurra insistir! Cada vez que lo hago, recibo como respuesta la mofa colectiva, el escarnio general que llega al grado de señalar mi edad y mi súplica de moderación ambiental como pruebas fehacientes de decrepitud, de retraimiento y de enfermiza insociabilidad.

¡Cuidado! Nada tengo contra los gustos musicales. Mi demanda es muy simple: nadie tiene derecho a obligar a otra persona a escuchar lo que no quiere escuchar. Anoche, ante mi manifiesto sufrimiento por el ruido “musical” producido en el ambiente en el que me encontraba (una camioneta que rodaba sobre una interminable carretera), un nuevo amigo se compadeció de mí y me ofreció sus audífonos para escuchar algo de lo que traía en su iPod.

-¿Tienes Sympathy for the devil, de los Stones?
-¡Por supuesto!
-Ya me puse los audífonos. Ahora, súbele al volumen y alivia este pobre corazón.

Comienza el placer privado, el placer que no agrede a terceros, el gozo personal que no obliga a las personas de "afuera" a soportar nuestra muy personal idea de la belleza. Comienzan los tambores, los murmullos, los acordes, los gritos. Comienzan las peculiaridades de una voz familiar y emblemática. ¡Comienza la música, comienzan los Stones! Y el mundo vuelve a cobrar sentido. ¡Todavía podemos salvar el planeta!

-¿Tienes Can you hear me knockin'?
-No.

Bueno, me quedo con las ganas. Pero también me quedo con una sonrisa, una sonrisa que me permite soportar la obligada basura que se escucha afuera.

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