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miércoles, 22 de febrero de 2012

Un texto inédito de Gerardo

ARROBAPUNTOCOMEMEEQUIS
Gerardo Aguilar Tagle / 1998

De una sola patada desprendió una de las hojas abatibles. El pedazo de puerta con una arroba grabada en madera, libre de sus bisagras, se convirtió en un proyectil que terminó de manera fulminante con la vida de un distraido parroquiano de la cantina Arrobapuntocomydemásmamadas.

Tropezando entre mesas, aprovechando para mallugar tomates ajenos, arrastró las botas entre el aserrín del suelo y llegó a la barra. Acomodándose frente al enorme espejo, parcialmente oculto por una alegre variedad de botellas a medio desllenar, se alizó los bigotes y con una mueca grotesca se admiró la dentadura (tan blanca como postiza).

Su posición estratégica (no olvidemos que este hombre tenía ojo de tigre y diente de león, y estaba acostumbrado a las broncas callejeras) le permitía observar reflejado cada rincón de esta postmoderna cantina con ambiente familiar y botana gratis.

Aprovechando esta situación, logró reconocer en una de las mesas a tres figuras que le parecieron harto familiares. ¡Claro, sin lugar a dudas! Se trataba de André Marín, March Simpson y George Harrison.

Caracho -pensó-, ¿no que aquí se reservan el derecho de admisión?


¡O... ye, tú! -tartamudeó hacia el cantinero (esto del tuteo era algo que normalmente no hacía, ya que consideraba que todos sus congéneres merecían un respetuoso "usted"; pero el alcohol en sus venas lo había transformado en un patán).


Acomodó sus alforjas en la barra, manipuló una de las hebillas y sacó torpemente la colección completa de Serendipiti, algunos faxes ilegibles, manuscritos arrugados, una cajita de cerillos Clásicos (la cual abrió delicadamente, sólo para cerciorarse de que el churro petrificado, recuerdo de épocas pasadas seguía en su interior, junto con un pasador matabachitas), siete cigarros Broadway en una caja de Dunhill (que le había regalado la Reina Madre), una bolsita de fritos (sin chile), una bolsita de Cazares (con chile), sus dos credenciales de elector (la rosa sin foto y la nueva con foto), dos dulces de colación pegados a un trozo de papel de baño de doble hoja (a manera de envoltura) -raro en él, ya que era conocida su fobia a las uñitas de canela amarga, que invariablemente le recordaban que no había tomado una peladilla sino una pinche colación-; un lápiz Mirado (herramienta que se usaba en la antigüedad para escribir), una goma (herramienta que se usaba en la antigüedad para borrar)...; en fin: de Puebla un camote y se-te-sientas cosas más. Por último, extrajo de la alforja una carpeta de tres argollas, blanca, la cual azotó en la barra al momento que gritó:

-¿Quién chingaos es el autor de esto? ¡Mire usted!

Con el enojo, se le bajó la peda... y así también lo patán. Abrió la carpeta en la segunda hoja y señaló el tercer renglón:

-¡Esto!

El cantinero se acercó a la hoja y leyó en voz murmurante: Extrañadísimo Laluco...


En ese momento, Cameron Díaz ubicó al forastero y se lanzó a sus brazos anegada en llanto para plantar en su boca un largo beso. 58 segundos más tarde, Cameron se apartó con todo y su sollozo...

¡Eres un imbécil! -gritó con voz apagada.

Y con las manos en su rostro, salió corriendo de aquel lugar, como diría el vate Octavio en su bodidleybeat No hubo modo.

-¡'Arajo! ¿Quién las entiende?


El hombre dio un trago a la cerveza previamente apropincuada por el cantinero, y pidió un tequila...

-¿En qué estábamos? ¡Ah, sí!

Agarro de la camisa al cantinero y le escupió:

-¿Qué dice usted? ¿Qué dice?
-Extrañadísimo Laluco...
-¿Qué? ¿No dice Eunuco?
-No.
-¡Bueno, de todos modos!

Sin querer, se tragó un eructo, que le supo a calostro, y recordó la noche anterior (¡Ay, señora! Tan recién su retoño, y ya tan ponedora).

-Digo, mi querido Bar Lussac. ¿Cómo dices que te llamas?
-Felipe, para servir a usted.
-Digo, mi querido Pipe, no es que te la dé a desear, pero es justo -mas no correcto-. ¡Claro! Ellos sí, muy chingones: Junch, Beatrice, Tiniocho, La Sabrosa, El Guapo, cui cui cui cua cua cua. ¿No? ¿Y este su pendejo? ¡Eunuco!
-Dice Laluco, joven. Laluco.
-¡Da lo mismo! No me llamo Eduarduco. ¿Qué, me confundieron con algún ilustrador con complejo de ahuehuete? ¿Con un Eduardo Mevalevergatodo Enríquez? Snif, snif, sorb, sorb.

Del fondo del recinto se escuchó una voz:

-¡Quequé onda ese!

Volteó y vio al André Marín, parado junto a él, a un paso de Harrison (con gesto condescendiente) y March Simpson (levitando, con sus ojitos rojos en blanco).

-¡Cálmese, mi ese!, dijo André.
-¡No me calmo! ¡Y no soy tu ese!
-Shhhh, shhhishó la Simpson, matando una bachita con sus deditos ensalivados.
-¡A mí no me shishés, discípula de Bob Marley! Y tú, flaco, reviéntate Jircomdeson... o algo. ¡Y dejen de chingar!

En ese momento, Alicia Silverstone se paró de su mesa, se acercó al hombre y -de manera tranquila pero muy encabronada- le espetó:

-¡Si hoy tampoco llegas a la casa, mi buen, te me vas directito a la chingada!

Plantó un beso en la boca del forastero, Mientras, con su mano derecha, algo apretó entre las piernas de su señor. Esto no duró mucho. Después del beso de 37 segundos, la mujer se apartó bruscamente y bajó la mirada (pero todos los presentes fueron testigos: dos lagrimitas corrían por las mejillitas de Alicia) y con las manos en su rostro, salió corriendo de aquel lugar, como diría el vate Octavio en su bodidleybeat No hubo modo.

Una dama se inclinó hacia el hombro de su hombre, y susurró:

-¿Pues quién es éste?
-Creo es el guitarrista de Los Zopilotes, murmuró el interrogado.

Poco a poco, el ambiente había cobrado la densidad del chapopote, así que el hombre decidió no insistir. De hecho, ya había olvidado el motivo de su visita a esta cantina con ambiente familiar y botanas gratis. Así que volvió a acomodarse frente al gran espejo y comenzó a guardar sus cosas mientras canturreaba en voz baja:

Desde un rincón del mundo
brindo contigo
caiga quien caiga brindo
sobre la luz de una vela
toda la noche brindo
y que la mañana venga...

Nuevamente, se acercaron los tres personajes, que de pronto se habían convertido en un león, un hombre de hoja de lata y un espantapájaros. Nuestro héroe se frotó los ojos... Cuando volvió a afocar, los tres ya no eran tales. ¡Eran, nada más y nada menos, que Guaco, Jacko y Doth! Inmediatamente, se tapó la cara con ambas manos y dijo...

-¿De qué  se trata? ¡Vincent, Vincent, a mí, Vincent!

En un santiamén, acudió al llamado Vincent Vega, con tremendos pistolones en cada mano.

-Guatsumara güit yu, dir bos?
-¡Sácame de aquí! Algo pusieron en mi copa...

Para entonces, los tres metamorfoseados personajes ya habían desenfundado sus armas (cuernos de chivo). George Harrison-Hoja de Lata-Guaco, convertido en algo así como una combinación de Carlos Santana y John McLoughlin, vestido todo de blanco, puso una mano en la frente de Vincent y otra en la de nuestro querido héroe, y dijo:

-¡Deteneos, enemigos de la paz! Bajo pena de tormento, los conmino... ¡Arrojad al suelo vuestras armas y escuchad esto: ¡Podfavod!

Surtió efecto el ademán y las palabras, que se sacó de la manga el que ahora se parecía tanto a nuestro queridísimo... ¡Gerardo! ¡Gerardo, Gerardito!

En ese momento, entró Sharon Stone, envuelta en sus propios gritos...

-Gerardito? Where are you, Gerardito?

Como una leona, Sharon saltó sobre el vaquero, se embarró en su cuerpo, poco a poco, hasta quedar en el suelo y a sus pies:

-¡Hazme tuya, aquí, ahora!

Gerardo se inclinó y recorrió con una mano la espalda de Sharon hasta tocar sus nalguitas. Muy delicadamente, alzó con los dedos la diminuta falda y posó totalmente la palma en la blanca fruta que desnuda se asomaba... De pronto, de modo intempestivo pero suave, alejó a Sharon de sí mismo, la tomó de los hombros y dijo con voz pausada:

-Regrésate a la casa... y ahí te quedas. No quiero volver a ver otra de tus escenas de histeria. Luego voy.

Desencajada y con las manos en el rostro, salió Sharon...

-¡Y ponte calzones, carajo! ¡Vincent!
-Yes, bos.
-Síguela y vigílala. ¡Ah! Y, por favor, cuida de no invitarla a bailar.
-Usted... ¿estará bien?
-Sí, sí, Vincent. Vete tranquilo.

No muy convencido, salió Vincent.

-Bien, muy bien. Yo soy Gerardo Peligro Aguilar. Y ustedes son...

March Simpson le arrebató la palabra:

-¡Mira, pinche Gerardo, estás muy pedo! Vente, vamos a la luz.

Se acercaron al ventanal del bar y...

-¡Beti! ¡Tino! ¡Juan! Chin, caray, perdón, uh, chin. No me lo tomen a mal. No era mi intención, er, er, caray, de verdad que no se parecen más que a ustedes mismos.
-No te mortifiques -dijo Juan-. Cuando llegaste, pensamos que eras Diego Verdaguer.
-¡No chingues, Juan!
-¡Bueno, bueno! -dijo Beti, que caminaba por el techo y hablaba en italiano, algo así como:- Tutti Fumi Moti. Despídete, Lalo, perdón, Gerardo. Y vámonos.
-Tendrás que dejar de asistir a tu pulquería -dijo Tino-, ésa que se llama Alfawereverbondpiedracincel. ¡Y, por favor, no seas tan mámón!

EPÍLOGO

El verdadero ajetreo inició en este momento: al reconocerse los cuatro carnales, discutieron por horas cosas del corazón y cosas de la razón.

De pronto, llegó Jennifer López, tomó del brazo a Gerardo y lo metió violentamente al baño de la famosa cantina con ambiente familiar y botana gratis.

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