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miércoles, 4 de enero de 2012

¡Me dejaron de garpe!

Quién sabe cuándo escribí esto. Habrá sido en 2006 ó principios de 2007. Luego me acuerdo. Por ahora, sólo diré que mi Heráclito apócrifo afirma que nadie se baña dos veces con la misma mujer. Sin embargo, hay en mi refranero impopular otra sentencia contundente: el hombre (el varón) es el único animal que tropieza dos veces con la misma mujer.

Digo lo anterior porque en aquellos días quedé muy formal con una hermosa dama para vernos el sábado a mediodía, visitar juntos el Museo de Arte Popular y, de paso, disfrutar de la cocina española en el Mesón del Cid.

Debo señalar que fue ella, la susodicha, quien propuso el encuentro.

Es decir, el invitado era yo, a fin de cuentas.

Sin cera en los oídos y sin la lira de Orfeo, sólo tuve que librar mis manos atadas al mástil y dejarme conducir por la melopeya mediterránea.

Y que me dejan vilmente plantado, me dejaron de garpe, como dicen los argentinos. Me dejaron como tonto, ahí, en el Museo de Arte Popular, con la única opción de contemplar los alhajeros lacados de Olinalá. Carmín intenso, pájaros confrontados, follajes novelescos y otras aves encima.

Pues sí, muy bonito, pero yo iba a otra cosa.

Mucho esmero había puesto en el lavado de mi cuerpo. Me había acicalado y emperifollado de acuerdo a los dictados del buen gusto y la elegancia informal (¡No sabés la producción que metí!, diría mi amigo Josefáin). Incluso, me compré una camisa color de mantequilla, di lustre a mis zapatos de domingo y me rasuré en día de obligado descanso.

Por eso digo: volví a tropezar con la misma mujer. Carajo, parece que las colecciono.

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