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domingo, 10 de julio de 2011

El álbum rojo con motitas amarillas de Los Beatles

Cierta noche fresca de 1969, mi hermana Teresa me invitó al cumpleaños de Cristina Z., amiga y compañera de su escuela (el Colegio Vallarta, dirigido por las Hijas del Espíritu Santo), bellísima niña de trece años por la que enloquecí de amor apenas entré y la vi. Ya no supe de ella durante toda la noche, y no hice otra cosa más que sentarme en un sillón, cerca de un ventanal que daba al hermoso, verde e iluminado campo de pasto cortado con precisión milimétrica.

Mientras diseñaba la estrategia correcta para acercarme a Cristina, algo llamó mi atención: junto al sillón, regados en el suelo, se hallaban los discos de vinilo con los que no se estaba amenizando la fiesta: Bookends, de Simon y Garfunkel; el primer álbum de Credence; Waiting for the sun, de los Doors; y una cosa extraña, sin chiste, blanca por todos lados.

Una parte de mi cerebro entendió de qué se trataba.

Es un disco doble de los Beatles –me dije-. Y si te fijas bien trae adentro un póster y una foto de cada beatle. Mira, qué bonito. Sí, es la edición inglesa del disco blanco de los Beatles del que leí, supongo, en la revista Pop. Seguro ya está la edición nacional en el Palacio de Hierro, qué bien. ¡Pero no va a traer todo!

En ese momento me di cuenta de la oportunidad irrepetible que la soledad me presentaba: ¡Anda, idiota, olvídate de Cristina, es el disco blanco de los Beatles, importado, nadie te está viendo, eres el Nowhere Man de la fiesta, aprovecha tu diminuta estatura existencial, ahora es cuándo, declara y ejecuta la expropiación cultural de ese bien universal, a tus catorce años qué puede pasar, ya lo viviste una vez en el Sumesa de Benjamín Franklin, cuando te atraparon con la versión EP de Oldies but Goldies, de los Beatles!

No cometí el delito. Sin embargo, meses después Gerardo y yo compramos el álbum, todavía con póster y las cuatro fotografías (raro en México: la edición local fue respetuosa de la original) Pusimos, uno tras otro, los dos elepés, desde Back in the U.S.S.R. hasta Good Night, y al final decidimos cuáles eran nuestras favoritas: todas.

No sé si lo dijo Paul o yo lo invento ahora: Si nos metemos a la Máquina del Tiempo, viajamos a la época del Disco Blanco y quitamos una sola de sus canciones, regresaríamos al presente y descubriríamos que modificamos drástica, trágica y radicalmente la vida en el planeta y el pensamiento de mucha gente. Tal vez, incluso, nos encontraríamos con extrañas mutaciones en flora y fauna.

La blancura del envoltorio me incomodaba, así que decidí pintar el álbum blanco de color rojo granate con motitas amarillas. Cuando Gerardo llegó y vio mi obra maestra, me dio dos palmadas en la espalda:

- ¡Perfecto! Ya lo echaste a perder. ¡Cuidado y tocas Beggars Banquet!

Pero con el tiempo nos acostumbramos a ver nuestro Álbum Blanco de los Beatles como el único en el mundo que no era blanco.

Cuéntales -dice Gerardo desde el Cielo- de las calcomanías que le añadiste a la fotografía interior del Sargento Pimienta...

2 comentarios:

aesovoy dijo...

Muchas gracias..

Bugalú Peniche dijo...

¿Por qué? ¿Qué hice bien?