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miércoles, 22 de junio de 2011

Alejandro Marcovich

No se trataba de excesos. Era un plan criminal. (Néstor Kirchner, 2006)

El pueblo argentino no quiere seguir escuchando.
(C.S. Menem, 1995)

¡Hijo de puta!
(Guille, cordobés, chef de Ruta 61, refiriéndose a Menem, 2006)


24 de marzo de 2006. Junto a la barra, mientras disfrutamos de Las Señoritas de Aviñón desde el barandal de la parte superior de Ruta 61, Ezequiel Espósito me recuerda un hecho:

-Hoy se cumplen treinta años del golpe militar en Argentina.



24 de marzo de 1976. Isabel Perón (María Estela Martínez) es detenida y trasladada a al noroeste de la Patagonia Argentina, mientras una sarta de gorilas entra a la Casa Rosada y se mea en la historia y la dignidad no sólo de su propio pueblo sino de la humanidad entera. Comienza, entonces, el Proceso de Reorganización Nacional, que sume al país en siete años de barbarie militar. Quedan, para el recuento de las infamias, los nombres de asesinos como Rafael Videla, Eduardo E. Massera, Orlando Agosti y Roberto Viola, entre otros orangutanes, muchos de ellos indultados por Carlos Saúl Menem.

Desde el principio, la Junta Militar impone el terrorismo de estado y cancela toda forma de participación popular. Así, se inaugura el proceso autoritario más sangriento que registra la historia de Argentina. Estudiantes, sindicalistas e intelectuales son secuestrados, torturados asesinados, desaparecidos.

Como en ocasiones anteriores (la Guerra Civil española, la Segunda Guerra Mundial, la dictadura pinochetista), México recibe a muchos exiliados y los hace suyos, los protege, los reconoce por su inteligencia y su talento, los hace hermanos, los adopta como hijos, los quiere como compañeros. ¡Y México se vuelve mejor! Paradójicamente, quienes huyen de alguna tiniebla (política, económica o moral) traen frecuentemente a nuestro país la luz de su historia y de su cultura. Hoy, por razones harto diferentes, sucede un fenómeno semejante: quienes en nuestra ciudad convivimos y hacemos amistad con franceses, uruguayos, argentinos o españoles, sabemos el tesoro que nos regala a cada rato el mundo.

1 de abril de 1976. Héctor Marcovich y Judith Padlog, acompañados de sus hijos Alejandro, Carlos, Andrea y Gustavo, abandonan Argentina y se exilian en México. Mientras, en un viejo y hermoso departamento de Avenida Oaxaca, Octavio Herrero, de diecinueve años, escribe canciones y óperas contra el gobierno de Estados Unidos y las dictaduras latinoamericanas, a la vez que convierte a su amigo Agustín en un sucio y ateo comunista. No sabemos, entonces, que en esos precisos momentos la historia se mueve.

Alejandro Marcovich, con apenas quince años de edad, comienza a tejer sus sueños.

El primero de abril de 1976 cayó en jueves, y Alejandro Marcovich aún no cumplía siquiera los dulces dieciséis. ¿Qué estaría escuchando? No sé. ¿Blood on the tracks, de Dylan? ¿Physical Graffiti, de Led Zeppelin? ¿Wish you were here, de Pink Floyd? ¿Minstrel in the Gallery, de Jethro Tull? ¿Lady Mermelade, con Patty La Belle? ¿Love will keep us together, de los Carpenters? ¿Fly, Robin, fly, con The Silver Convention? ¿I write the songs, de Barry Manilow? ¿That’s the way (I like it), con KC and the Sunshine Band? ¡Quién sabe! José Luis Sánchez, que tiene la misma edad de Alejandro, me dice, con una sonrisa de nostalgia, que él, entonces, escuchaba a los Stones, a Deep Purple y a Emerson, Lake and Palmer. Habrá que preguntar a Marcovich por sus gustos de antaño (y si son también de hogaño), porque nosotros lo conocimos diez años después, cuando tocamos por primera ocasión en Rockotitlán y alternamos con Las Insólitas Imágenes de Aurora.

Domingo 6 de octubre de 1985. Al final de la noche, nos sentamos con Alejandro, en una mesa, a platicar mientras apurábamos nuestras tibias cervezas y picábamos los restos de un plato de papas a la francesa. Ya entonces era difícil sacarle las palabras al guitarrista de las Insólitas. Fue Octavio quien dijo algo:

-Perdón, te llamas…
-Alejandro, Alejandro Marcovich.
-Oye, pues qué bien suenan, ¿eh?
-...
-¡Salud!

Chocamos nuestros vasos de polietileno, y Octavio buscó por otro camino:

-Fíjate que a Saúl yo lo conozco. Estudiamos algo de música, juntos, en una escuela que está por Las Águilas.
-¿Saúl estudió música?
-Sí. Bueno…
-…
-Oye, pues… Pásame tu teléfono.
-6-84-41-71.
-Sale, estamos en contacto. ¡Suerte! Padre lo que tocan, ¿eh? Me gustó mucho la de Bájate los calzones.

A mí –dije por decir-, me gusta la de Safari. Le letra parece una canción de cuna psicodélica, como si la hubiera escrito Grace Slick: los leones que se comen la camioneta, y las hormigas que observan. ¡Y decir cuadrilatero en vez de cuadrúpedo!

Las letras las hace Saúl, como podrás observar -balbucea un agotado Marcovich.

Como sea, Alejandro -remató Octavio-, qué bueno que existen bandas como las Insólitas.

Alejandro arqueó las cejas, se levantó de la mesa, se despidió de mano y se fue, con esa parsimonia que aún hoy lleva por el mundo, a manera de eterna gabardina, y con esa mirada que tienen los héroes de las películas checas cuando concluyen que Dios no existe. Mientras, Alfonso André guardaba su batería… y Saúl, más dado al glamour y las relaciones sociales, soltaba abrazos a diestra y siniestra, con esa encantadora sonrisa que aún hoy deja ver sus dientes separados.

¿Y nosotros? ¡Bah! Como ahora, nosotros no teníamos prisa. Disfrutábamos del trasnochado ambiente del rocanrol de los 80.

¿Todavía pasa en nuestra ciudad que los músicos de rock se sienten superestrellas? Digo, no sé, es una pregunta (hace mucho que no me aparezco en una tocada de rock). Es que tengo la curiosidad de entender por qué hay patologías que se reproducen en el tiempo como taras genéticas: alguien tiene la merecida o inmerecida oportunidad de subirse a un escenario, da dos o tres guitarrazos, le aplauden sus cuates… y si al otro día alguien lo reconoce en su barrio, decide usar lentes oscuros porque está seguro de que, al ir a la miscelánea y comprar sus colchones Bimbo, será descubierto por una multitud de quinceañeras dispuestas a violarlo o, al menos, arrancarle su Aviso Oportuno.

Nosotros, en medio de los 80, de verdad que nos sentíamos divinos.

Ya se imaginarán: hablo de aquellos días en que aún ni Maldita la cosa que alguien fuera realmente popular. Todos tocábamos en Rockotitlán: los decorosos, los insoportables, los mediocres, los fresas, los gruesos, los desorientados, los rupestres, los poperos, los new wave, los guacarockeros, los heavy metaleros, los progresivos… Ritmo Peligroso, Cecilia Toussaint y Arpía, Taxi, Kenny y Los Eléctricos, Los Amantes de Lola, Botellita de Jerez, Casino Shangai, Jaime López, Luzbel, Real de 14, Kerigma, Memo Briseño y el Séptimo Aire, Camerata Rupestre, Iconoclasta, Neón, Radio Carolina, Virginidad Sacudida, Puré de Niña, las Insólitas Imágenes de Aurora, Mal de Ojo, Mamá-Z y muchos más. Todo podía suceder: de pronto y sin previo aviso, hasta algún músico se aparecía por el lugar. Un grupo de rock ganaba, entonces, en ese tipo de antros, entre cincuenta y ochenta mil pesos por presentación (el equivalente a cinco y ocho mil pesos de hoy, supongo).

Aunque alternamos en varias ocasiones con las Insólitas, no siempre podíamos atender su música. Por eso, íbamos a escucharlos ex profeso, como lo hicimos el miércoles 19 de febrero de 1986, noche en que los vimos con un excelente tecladista cuyo nombre nunca he sabido.

Nos gustaba mucho la música de Alejandro, Saúl y Alfonso. Ellos se distinguían de la mayoría de los grupos, precisamente por su honestidad y por su frescura. Eran tiempos de romántica siembra y revolución decidida, así que la intención social valía más que la calidad musical (pasar por alto la segunda tenía, entonces, cierto sentido; hoy, es imperdonable hacerlo). Por eso, no puedo recordar si los Insólitos eran buenos. De lo que sí me acuerdo es que nosotros, los mamacetos, éramos peores. Algo tendríamos de simpáticos y divertidos, sin embargo, porque el público estaba contento.

Colofón. Vueltas que da la vida. En el nuevo siglo, Pablo (hijo de Octavio Herrero y Cecilia García-Robles) trabó amistad con Diego (hijo de Alejandro Marcovich y Gabriela Martínez).

5 comentarios:

Ernesto dijo...

Maravillosa entrada, Bugalú. Me encantó la forma en que fuiste entrelazando la historia, desde los recuerdos del golpe militar en Argentina, hasta culminar con tu confesión de que la motivación última de tocar rock es conquistar y seducir chamacas... Brillante y gracias por estas piezas que me hacen sonreir y recordar. La lista de rockeros en Rocotitlán es maravillosa...

Bugalú Peniche dijo...

Lo triste, Ernesto, es que quienes se quedaron con Rockotitlán no han sido capaces de hacer una memoria fiel de lo sucedido enntonces. Por ahí tengo mi diario de 1986, y creo que voy a publicarlo para contar cosas y hacerte sonreír de nostalgia.

Bugalú Peniche dijo...

Ana, por error eliminé tu comentario. ¿Podrías repetirlo, para tener tu enlace? Escribiste: "Qué fantásticas vivencias, gracias por compartirlas".

Ana isA dijo...

Gracias por compartir experiencias maravillosas! =) Buenas vibras!

Bugalú Peniche dijo...

Entonces, Ana, ¿no eres Ana sino Alfonso? Un abrazo, Alfonso. Gerardo, mi hermano gemelo, mi precioso hermanito, que en paz descansa, siempre te recordó con mucho cariño. Tal vez no te acuerdes (o él lo inventó): a fines de los 80, él me dijo que habías formado una banda loca llamada Gargajo o algo así (jajajaja, no sé), y que fueron a Toluca y que todos los cuates palomearon en un auditorio, y que TV Mexiquense estaba transmitiendo el concierto, pero que todos estaban tan pedos (menos José Cruz, que para entonces ya se había vuelto parte de una religión extraña y abstemia, tan pedos que TV Mexiquense decidió cortar la transmisión. Gerardo recuerda que, ya borracho, los obligó a ustedes (¿quiénes?, sólo recuerdo que te mencionaba) a acompañarlo a tocar una canción suya: Me sigue un paranoico, y que terminaron bajándolo a fuerza. En fin, Ana, que si eres Alfonso, va mi abrazo. Y si eres Ana, va mi beso. O va mi beso en cualquier caso.