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Cuando busco la verdad, pregunto por la belleza.

domingo, 19 de junio de 2011

El kitsch y cómo lograrlo

En el soundtrack de mi pubertad, aparece de manera frecuente y notable una familia de cantores, pájaros de voces privilegiadas, gente buena, gente alegre, gente que siempre proyectó en sus sonrisas la sincera bonhomía de una generación educada en los principios de la fe, la caridad, la decencia y los buenos modales.
Me refiero a Los Hermanos Zavala.

Recuerdo aquellos domingos en que mi hermana Teresa asistía a misa de once, en la parroquia La Divina Providencia (¿o era en Santa Rosa de Lima?). Ahí, los Hermanos Zavala dirigían un enorme coro de jóvenes y adultos, cuya calidad se vio reconocida, en aquellos tiempos, por una cadena de televisión estadounidense.

La CBS presentó al coro de los Hermanos Zavala junto a otros artistas kitsch de talla internacional, como Perry Como, Vicky Carr, Armando Manzanero y el ballet de Amalia Hernández.

¡Herman Broch hubiera gozado mucho de ese programa navideño!

Porque si hemos de hacer homenajes al buen kitsch mexicano, los Hermanos Zavala siempre vivirán cómodamente sobre el terciopelo carmín de nuestros corazones y con el alimento diario de nuestra inocencia perdida.

Y ahora que menciono a los Hermanos Zavala, me viene a la mente la admiración y el cariño que guardo por Ignacio Calderón, guardameta de las Chivas Rayadas de Guadalajara, que defendió la portería del rebaño sagrado durante la breve época de mi fanatismo futbolero (1966-1970). Fue el primer cancerbero del balompié mexicano que se atrevió a usar sudaderas de múltiples y chillantes colores, antes de que lo hiciera el Brody Campos.

Lanzo emocionado guirnaldas de olivo a los Hermanos Zavala y a Nacho Calderón.

1 comentario:

Anónimo dijo...

"(...)en el terciopelo carmín de nuestros corazones(...)", la mejor frase!