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Cuando busco la verdad, pregunto por la belleza.

sábado, 30 de abril de 2011

Venecia en el cine

El escritor madrileño Javier Marías apunta algo que no por obvio deja de ser sorprendente: hay gente que vive en Venecia. Sí, por insólito que parezca, existen personas para quienes la ciudad flotante no es una obligación estética sino un atributo del ser: sus días pasan, desde la infancia y a veces hasta la muerte, como si no hubiera otra posibilidad de escenario para la vida.

Esto, si se piensa, puede ser triste, muy triste para los venecianos, quienes podrán conquistar amores de muchas maneras, como Bassanio en El mercader de Venecia, pero nunca si prometen un fastidioso paseo en góndola o el hastío de una tarde en la Plaza de San Marcos, por más gótica y más Palazzo Ducale que sea. Y es que las mujeres cotidianas del archipiélago serenísimo no han de embobarse con el Puente de Rialto, sino que sólo lo cruzan para la compra de verduras y pescado.

A veces, la belleza constante se vuelve invisible.

Para nosotros, en cambio, dichosos no-venecianos, la que fue opulenta república de los Dux provocará siempre el profundo suspiro del deseo o la melancólica sonrisa de nuestros recuerdos.

Y sonrisa y deseo se nutren de lo que la literatura y el cine traen a nuestros ojos y para nuestra imaginación.

¿Cuántas novelas y cuántas películas habrán hecho de la Perla del Adriático escenario de sus intrigas y sus aventuras?

Hablemos del cine, por ahora.

El mercader de Venecia. Shakespeare vale tanto en su lectura directa como en la versión de Michael Radford, donde un espléndido Al Pacino hace de Shylock, y Lynn Collins (Poncia de Belmonte) compite en luz con las criaturas del veronés Paolo Caliari.

El logro de Radford no sólo está en la buena interpretación de una pieza complicada del Cisne de Avon (por el tejido de sus tramas), a la que el mismo Orson Welles renunció en su momento, sino también en reproducir una ciudad renacentista en altos niveles de credibilidad.

Pane e Tulipane, de Silvio Soldini. Parte de esta comedia memorable sucede en la cuna de Giacomo Casanova, el legendario seductor muchas veces rescatado por los cineastas. Y entonces hay que recordar al Casanova degenerado de Marcelo Mastroianni, en La Nuit de Varennes. Pero esta obra maestra de Ettore Scola no sucede, por supuesto, en Venecia, así que la descartamos de nuestra lista. En cambio, el sueco Lasse Hallström nos cuenta en Casanova la vida del don Juan veneciano en los mismos canales donde habrá sucedido su lascivia.

Sin embargo, la película que hace de nuestra ensoñación constante un oscuro objeto del deseo es, sin lugar a dudas, Muerte en Venecia. En este poema cinematográfico que Luchino Visconti compuso a partir de la novela de Thomas Mann, Dick Bogarde es Gustave von Aschenbach. El actor inglés tenía entonces cincuenta años de edad y había dejado atrás sus papeles de atractivo y simpático comediante, para revelarse como un extraordinario intérprete del drama existencial que vive un hombre obsesionado con la belleza.

La película de Visconti permite a Bogarde usar en plenitud su cuerpo, convertirlo en la escritura misma del drama: su mirada, su andar inseguro, su ligero encorvamiento, sus manos temblorosas, son signos que no sólo describen la paulatina decadencia física del personaje sino que, además, subrayan la angustia espiritual de un hombre que se encuentra de pronto ante la belleza y ante su inaccesibilidad. De hecho, la película es extremadamente lacónica, casi silente. Todo está en la música de Mahler, en las cuidadas tomas (cuyo lento andar las vuelve casi pinturas) y, claro, en los expresivos rostros de Bogarde y del mismo Bjorn Andersen (Tadzio).

De cualquier manera, el cine nos dice una verdad indiscutible: Venecia es la ensoñación última de los artistas.

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