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jueves, 21 de abril de 2011

Primera epístola a los cristomaniacos

Yo no profeso ni creo, hermanos.


No profeso porque todo adoctrinamiento me parece perverso. Promuevo, eso sí, el esfuerzo intelectual que nos ayuda a madurar y a buscar formas más refinadas de felicidad (entre esas formas refinadas está, por supuesto, el amor cristiano).


Y no creo, porque prefiero usar mi mente para identificar la realidad y distinguirla de fantasmas, miedos, deseos, sueños y supersticiones (identificar, sin embargo, no es anular).


Mi cabeza es limitada y sé que la mente tiene la capacidad de modificar nuestra percepción del mundo. Por eso, me cuido mucho de no engañarme con fantasías.


Un ejemplo que todos conocemos de esta modificación de la realidad es el amor pasional -que inventa mundos nuevos, muy al estilo de José Alfredo Jiménez.


Mi identificación con ese admirable joven judío que vivió hace dos mil años nace de la lucidez de su pensamiento y de su propuesta de reconstrucción humana con base en el amor y en el perdón. El que ustedes, hermanos, hayan convertido el mensaje de Jesús en programa escatológico, es otro asunto: ahí ya no estamos tratando con Jesús sino con algunos cristianos naturalmente obsesionados con la idea de una vida más allá de la muerte física.


Algunos de ustedes han decidido alejarse del cristianismo para abrazar la cristomanía de Telemarketing, que está más cerca de la ufología que de los evangelios.


Cuando citan el versículo 6 del capítulo 14 de Juan, soslayan (no sé si voluntariamente) los versículos anteriores, en los que Jesús anuncia que tomará un camino que sus propios discípulos conocen. Es claro que esta afirmación de Jesús es una demanda y un reclamo (¡ya despierten, muchachos!), porque lo cierto es que sus discípulos están en la Luna y no entienden.


Tomás pregunta, confundido: ¡No sabemos a dónde vas, y no conocemos el camino!


Jesús, un hombre que parece gozar el planteamiento de acertijos y la explicación parabólica, responde que él es el camino, la verdad y la vida. Y la cristomanía se empeña en traducir esta afirmación como un acto de egocentrismo absolutista tipo Luis XIV (El Estado soy yo).


Si bien es cierto que hay en la personalidad de Jesús ciertos síntomas de megalomanía, me parece que la afirmación “yo soy el camino, la verdad y la vida” está muy cerca del entusiasmo pasional de quien ha descubierto en sí mismo la puerta hacia la perfección espiritual.


Es muy común que los enamorados –y Jesús es un enamorado de sus ideas- desconozcan los matices y pierdan la mesura: te amaré eternamente, dice el novio; patria o muerte, grita el revolucionario; no pasarán, asegura el republicano español; no hay más ruta que la nuestra, vocifera el muralista; YO SOY EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA, dice un jovencito que no pasa de los 33 años a sus amigos pescadores: ¡Ustedes síganme, que ya encontré la puerta: yo soy la puerta!.


¿A dónde va Jesús, entonces?


Jesús va hacia sí mismo. Su Dios (absolutamente distinto al dios mítico del Antiguo Testamento) es una forma de vida interior. ¡El Reino de Dios anunciado por Cristo se instaura dentro de uno, aquí y ahora, no en el Planeta XY37 ni en la Dimensión Desconocida! ¡La dimensión de Dios es el hombre! Y ese Dios se llama amor.


Ama, y haz lo que quieras -dice san Agustín-. Si callas, callarás por amor; si gritas, gritarás por amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor; si está dentro de ti la raíz del amor, ninguna otra cosa sino el bien podrá salir de tal raíz (Homilía VII, párrafo 8).


Pero, claro, como ustedes no pueden ver ni en pintura a los doctores de la Iglesia Católica (a la que consideran la puta de Babilonia) se pierden siglos de sabiduría y de teología madura.


Vean ustedes, a propósito, cómo san Agustín no tuvo que cantar aleluyas ni mencionar treinta veces a Jesús para transmitir el mensaje esencial del cristianismo.


En este sentido, afirmar -como lo hacen ustedes- que conocer a Jesús es conocer el camino hacia Dios, significa algo muy claro: conocer a Jesús es conocer el camino hacia uno mismo.


Dios es un proceso.


Y podrá ser, además y si quieren, un ser primigenio y ulterior, pero eso a nosotros –los seres humanos- no nos toca afirmar o negar, porque queda fuera de nuestro ámbito de conocimiento; decir lo contrario, es carecer de humildad y creer que podemos “entender” lo que ni Moisés pudo verbalizar al bajar del Sinaí; y esto, hermanos, se llama pecado de soberbia, el más feo de los pecados.


Dicen ustedes que yo no puedo argumentar lógicamente contra la existencia de la verdad absoluta. De acuerdo. Con humildad, digo que no puedo. Les pido que tengan la misma humildad y reconozcan que ustedes tampoco pueden argumentar lógicamente a favor de ella. Estamos en las mismas, estamos como Sócrates: lo único que sabemos es que nada sabemos.


Pero se equivocan al decir que argumentar contra algo es establecer que una verdad existe.


Argumentar contra algo es establecer (como hipótesis lógica) que una idea está equivocada. En este caso, la idea contra la que argumentamos algunas personas es la idea de la verdad absoluta. No se argumenta contra la verdad absoluta –de la que nada sabemos-, sino contra la IDEA de una verdad absoluta.


Apenas se ven acorralados, caros amigos, pierden la compostura y la seriedad: tratan de desmontar la sentencia “no hay absolutos”:


Si no hay absolutos -sentencian con sonrisas de triunfo- el decir “no hay absolutos” tampoco es absoluto.


A ver, por favor, más seriedad.


Ustedes y yo pasamos por la escuela, así que conocemos el nombre que recibe este tipo de conflictos lógicos: se llama PARADOJA. Y la paradoja “no hay absolutos” se resuelve de modo muy sencillo: "No hay absolutos, mas que éste”. Listo. A otra cosa, mariposa.


¿Les gustaría, sin embargo, desmontar tan grosera y contundente afirmación (el único absoluto es que no hay absolutos)?


No nos quebremos la cabeza. Mejor aprovechemos la pluralidad de la existencia (echémosle un ojo a la física cuántica y la teoría de las cuerdas) y descubramos que acaso nuestra hambre de Dios se satisfaga con la grandeza del universo y la maravilla de este parpadeo de inteligencia cósmica que se llama ser humano.


Más vale disfrutar este parpadeo, porque no es eterno. La verdadera esperanza de la humanidad está en cumplir con la naturaleza de todas las cosas: desaparecer tal y como apareció.


Y ya que hayamos desaparecido como género, que al menos se diga -si es que acaso se repite el milagro de la palabra- que fuimos tan hermosos que hasta nos dimos el lujo de inventar a Dios.


Fotografía: Agustín Aguilar Tagle

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