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lunes, 14 de noviembre de 2011

La calma del alma

No sé si alguno de mis tres lectores recuerde a Bacilio Macedonio Ruiz (1955-2002), poeta cuya vida terminó entre el amor irresponsable de Natalia Ruiz Ochoterena, su prima idiota, y el descuido de Rafael Martínez, DJ del Hospital Rubén Leñero.

Volvamos un rato a esta figura señera de la literatura mexicana (Jitanjáforas del Fornicio, su poemario, está por salir a la venta), y desahoguemos a través de ella los temas pendientes.

Para acercarnos un poco al pensamiento estético de Bacilio, vale contar hoy algunos pasajes de su vida. El primero de ellos se refiere a la vez en que Javier García, baterista de Las Señoritas de Aviñón, le recomendó ver y escuchar en DVD el concierto ofrecido por Cream en el Royal Albert Hall hace poco más de un lustro.

Bacilio vio y escuchó al "supergrupo", escuchó con atención I’m so glad, Spoonful, N.S.U., White Room y otras tantas piezas que calaron hondo en Macedonio Ruiz y en algunos de sus amigos durante la adolescencia.

Sin embargo, esta vez algo lo incomodó, algo lo inquietó:

-¿Qué pasa? ¡Me estoy aburriendo! Nada hay en el concierto que me prenda, nada que se grabe en mi corazón. ¡No percibo fuerza en su música!

Recordó Bacilio que en ese mismo lugar, el Royal Albert Hall, Jack Bruce, Ginger Baker y Eric Clapton ofrecieron, en 1968, su concierto de despedida. Ahora –en 2005- volvieron, y el primo de Natalia descubrió en su interior que estaba absolutamente decepcionado del regreso de Cream.

-Es como volver al jardín de la infancia y darte cuenta de su dimensión real: no es una selva enorme, es simplemente un jardín pequeño, sin mucho chiste. ¿Y qué siente uno? Tristeza, tanta tristeza como escuchar a Ian Astbury esforzarse por revivir la magia de Jim Morrison.

Y eso que Bacilio siempre guardó un profundo afecto tanto por Ray Mansarek, Robbie Krieger y John Densmore como por Bruce, Clapton y Baker. Los quiso tanto como a Keith Richards, John Lennon, John Entwistle, Robert Plant, Ray Davis, Paul McCartney, Levon Helm, Mick Jagger, Pete Townshend, Charlie Watts, Rick Danko, Keith Moon, Jimmy Page, George Harrison, Bill Wyman, Ringo Starr y Roger Daltrey,

-Pero no, definitivamente no, Javier, esto no es lo que yo esperaba. ¿Qué pasó? ¡No sé!

Probablemente, es hora de admitir que nunca me gustó Cream y que sobreestimé su trabajo. Pero… quién sabe, porque White Room es joya de belleza innegable (se me pone la carne de gallina cuando escucho la melodía de la segunda parte: I’ll wait in this place where the sun never shines, wait in this place where the shadows run from themeselves).

Entonces, ¿qué pasa? No sé, la verdad.

Javier sosegó a Bacilio Macedonio Ruiz con un discurso sabio y ponderado.

Mira, Bacilio, no te preocupes. Todo se resume en un asunto de expectativas. Con decirte que a mí Cream no me gustaba. De hecho, el primer video musical (VHS) que tuve fue The Farewell Concert, y tardé años en digerirlo.

En cuanto a este nuevo concierto (la reunión), he de insistir en que las zonas de blues (Stormy Monday y Sleepy time time, por ejemplo) me sorprendieron y gustaron muchísimo. La parte rockera, un poco menos: en su página, Jack Bruce admite que ya no tiene fuerza para interpretar I’m so glad. De cualquier manera, es la primera vez que entiendo la estructura de sus temas en vivo, ya sin los interminables requintos con wha wha, ya sin el caos que percibía en mis años mozos.

Luego de ver este concierto, busqué el Farewell, Disraelí Gears y una recopilación que tardé en encontrar… ¡y, al fin, entendí a Cream! (he experimentado varias veces este fenómeno de tomarle el gusto a toro pasado: Hendrix, Credence, Grand Funk, Led Zeppelin, Yes y un largo etcétera).

Lo que intento explicarte es que Cream es algo que no había escuchado bien ni digerido correctamente. Hacerlo en su versión añejada, suavizada, adulta, contemporánea, me facilitó entender a la banda y tomarle gusto. Además, yo no esperaba ver la excitación que provoca una banda de rock, sino el placer de escuchar a un grupo de jazz/blues, que es así como se autodefinen.

Imagino que a ti, Bacilio, te pasó lo contrario: tenías claro quién era Cream, sabías lo que te gustaba de ellos… ¡y no los re-encontraste, no hallaste lo sorprendente, lo innovador, lo fresco! Al mismo tiempo, lo escuchaste con otros oídos. Sentiste, entonces, que Cream está fuera de época.

Las críticas lo destacan como un álbum histórico, a la vez que señalan el nivel de ejecución de cada uno de ellos, la solidez del grupo… ¡Pero el juicio que importa es el de cada uno de los escuchas! La música es cuestión de percepción y gusto (disfrutarla en el momento adecuado es lo que la liga a tu bagaje emocional). Esta vez, contigo, la magia no se dio. Lalo Serrano e Iván Lombardo quedaron encantados con este concierto; a los miembros de Vieja Estación no les gustó; Octavio no hizo comentarios –podemos suponer que no le entusiasmó.

Ya coincidiremos en otro disco, uno que nos guste mucho a ambos. De eso, estoy cierto. Porque viejo no eres, no lo somos, ni lo seremos (toma mis palabras como declaración de principios). Porque la misma música se encarga, con otras muchas cosas, de renovarnos todos los días. Su influencia es tal que se ha convertido en uno de los temas más trascendentes y fundamentales de nuestra vida.

Javier terminó de hablar y observó el rostro del mudo Bacilio. Los ojos de Macedonio Ruiz delataban vejez y decrepitud. La sabiduría de Javier, en cambio, hacía del baterista un ángel sin tiempo, un ser de luz.

Breve fue la vida de Bacilio Macedonio Ruiz, mas vasta su obra y profundos los entresijos de sus días: durante muchos años y hasta el día de su muerte, el bardo de San Pedro de los Pinos fue amigo íntimo de Fiodor Martinson Blacksmith, guitarrista de blues y jazz que, en la Ciudad de México de los años setenta, fue figura principalísima del comunismo capuchino y cruel detractor del mundo entero.

El comunismo capuchino es, en la historia del pensamiento occidental, la escuela filosófica cuyo centro de mayor actividad se ubicó, a mediados de los setenta, en el café Tolouse Lautrec, desaparecido establecimiento de la Zona Rosa (en la calle de Génova). Los adeptos contertulios tenían la costumbre de consumir café capuchino. De ahí el nombre de la corriente (los maldicientes afirman, sin embargo, que el apodo se debe al color pardo de sus largas disertaciones, tan rústicas como el hábito de la orden franciscana del mismo nombre).

Fascinados ante la danza marina de sus vasos de vidrio en canastillas de metal, los comunistas capuchinos discurrían sin orden ni concierto alrededor de Marx, a la vera de Freud, en torno a la teología de la liberación, cerca de Nietzsche y encima del rock and roll. Mientras, el polvo de canela flotaba impávido sobre la espuma de sus brebajes endulzados.

Líder del comunismo capuchino, Fiodor Martinson Blacksmith fue, además, compañero de juergas de Bleeding Gums Murphy (saxofonista ilustre, autor del álbum Sax on the Beach y de aquel aforismo que resume la esencia del blues como una forma de encontrar la calma del alma en las tribulaciones del prójimo: The blues isn’t about making yourself feel better, it’s about making other people feel worse).

Tanto gustaron a Fiodor las palabras de B.G. Murphy, que las convirtió en su muy personal Parodia de Cristo, su Tomás de Kempis al revés, nada de caridad, nada de benevolencia, nada de misericordia, vámonos contra los débiles, mi querido Nietzsche. Seamos como el joven Lennon, que en estadios y calles remedaba hirientemente a los discapacitados.

Quién imaginaría entonces que, al paso del tiempo, todos nos convertiríamos en adultos en plenitud con retos especiales.

Algunos de quienes resistieron durante miles de años la adorable amistad de Martinson, fueron siempre conscientes de que, para sobrevivir junto a él, era necesario desarrollar un mecanismo de autodefensa pública, muy al estilo de los estrategas del marketing político, quienes saben convertir defectos en aptitudes positivas, pecados capitales en virtudes teologales (no digo nombres, porque prometí no hablar de quienes ustedes saben). Así, cuando Blacksmith hizo mofa pública de la neurosis galopante de Bacilio Macedonio Ruiz, llamándolo Tía Juanita, el poeta decidió explotar la caricatura hasta sus últimas consecuencias, con el asesoramiento de Franz Kafka y Augusto Monterroso:

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana, después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en una monstruosa tía.

Y cuando despertó, el chongo todavía estaba ahí.

Bacilio pudo, entonces, convertir la guasa del músico en mitología encantadora y hacer que la Tía Juanita viviera fuera de sí, independiente, sabedora de sus grandezas y de sus limitaciones, segura de su valor dramático y de su altura social. Juana ya no fue la neurótica víctima de befas e improperios, sino tesoro cósmico y referencia obligada del heroísmo en la defensa del recato, el pudor, la compostura y el buen gusto.

Comprobado el éxito del revire, Bacilio siguió entonces con otro fruto del escarnio.

Cierta noche, Fiodor y Bacilio se detuvieron ante el paso de una púber con ilusiones de canéfora: su lindeza resaltaba gracias a la brevedad de su ropa, a la exquisitez de sus nalgas y al coqueteo de sus andares. Del poeta salió, entonces, la más expresiva de las oraciones unimembres:

-¡Mira!

En vez de celebrar la precisión del comentario, Fiodor lo reconvino como si hubiera escuchado la mayor de las blasfemias.

-¡Pero, Bacilio, esa escuincla tiene la edad de mi hija! ¡Y tú sales con un “mira” de Legionario de Cristo!

El silencio de Bacilio no escondió su sonrisa, así que Fiodor decidió flagelar en público al autor de uno de los poemas fundamentales de la literatura mexicana (cosa que nadie sabe, porque dicho poema es aún inédito, escrito durante su estancia en Uagadugu: ¿Usas, Calipigia, baba de caracol?). Fiodor repitió, una y otra vez, a diestra y siniestra, la más expresiva de las oraciones unimembres, aunque con la voz de la más sucia depravación:

-¡Mira!

Desde entonces y por tradición del remedo, así como por aceptación de las partes, los amigos de Bacilio y Fiodor utilizan el enunciado apenas detectan la presencia de una adolescente en flor que se pasa de buena y cuya inaccesibilidad, ay, provoca mucho dolor. La llamada de atención es enriquecida con un gesto inventado por Fiodor para reflejar la inmundicia de los pensamientos: se unen las palmas de ambas manos y se colocan frente al pecho, como acostumbran hacerlo los santos de piedra que habitan silenciosos en los templos del catolicismo:

-¡Mira!

Advierto que puedo hablar de esto porque soy viudo, no me debo a nadie y no creo faltar groseramente a la memoria de mi difunta esposa ni a la ausencia de mi amada Desdémona Peniche.

Roberto es la fonda donde no ha mucho que acostumbraba yo comer entre semana (Ejército Nacional y Temístocles). Cierto día, se sentó junto a mí, en la barra, una muchacha nacida a mediados de los ochenta.

¡Santo, Santo, señor Dios, Rey de los Ejércitos! ¡Qué cosa, rediez! Cabello castaño, piel apiñonada, piernas largas pero redonditas (en pantalón de mezclilla deslavada), tetas nutritivas y bien colocadas que apenas se disimulaban en un suéter color durazno, de pelitos blancos (dos gatitos de Angora que respiraban al unísono). Era, pues, paloma que pondría en segundo lugar a la sulamita del rey Salomón; digna estampa dibujada por Gutiérrez Nájera: pies de andaluza, boca de guinda, talle de avispa, cutis de ala, ojos traviesos de colegiala (¡y de colegios sé más de lo que debería!). Mi espíritu, mi mente, mi corazón y mi cuerpo –que cuando están de buenas se juntan y hacen coro- soltaron el más honesto de sus elogios, mientras a mi alrededor flotaban pequeños corazones rojos, como angelitos gordinflones:

-¡Mira!

Todo esto puedo decirlo no porque la tuviera de frente –que en realidad estábamos juntos pero de perfil-, sino porque mi técnica del soslayo es perfecta: puedo describir, cuando me interesa, lo que tengo a mis costados como si me lo hubieran puesto en la computadora en versión tridimensional, con esas vueltas mecánicas del objeto observado que me permiten entenderlo a ciencia cierta.

Yo no hice nada, lo juro; pero ella también soslayaba, hasta que descubrió que tenía junto a mi plato de arroz la nueva novela de Mario Vargas Llosa (Travesuras de la niña mala). Adiviné las intenciones de la niña, aunque no las causas ni sus objetivos a largo plazo. De cualquier manera, supe atrapar la pregunta:

-¿Es la nueva novela de Vargas Llosa?

-Sí, aunque ya va en su segunda edición.

¿Se fijan? No dije “Sí, señorita” ni nada que me obligara al usted. Respondí con la sobriedad de quien sabe esconder los colmillos. Así que ella siguió de frente, confiada:

-Pero el título… Que se me hace que una muchacha como yo no debe leer esas cosas. ¿O sí?

¡Ya estuvo! –pensé-. Esta delicia de mujer acaba de entrar, curiosa, al oscuro pasillo que la llevará, hoy mismo, a placeres y pecados inimaginables. Para su pregunta de fingida candidez está mi respuesta siempre soñada:

-Bueno, eso podríamos discutirlo en otra parte.

-¿Dónde?

Y ya tenía yo lista la segunda respuesta cuando, por no sé qué diantres, se me quedó en la garganta un pedazo de res en salsa de tomatillo, lo que me provocó un ligero ahogo que se convirtió en tos…

La muchacha divina golpeó suavemente mi espalda con su mano (un pétalo posándose en el lomo de un rinoceronte):

¡Ay, señor! –dijo ella, preocupada- Tenga cuidado. ¿Quiere que llame a alguien por celular, a sus hijos, a alguien?

No, m’ijita –balbuceé rendido y herido en lo más profundo de mi decrepitud-, ya estoy bien, ya estoy bien. Sigue comiendo, provecho.

Sonreí hipócritamente agradecido, y quedé hundido en la página 17 de Travesuras de la niña mala.

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