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lunes, 19 de septiembre de 2016

32 años de La Jornada

En 1984 se fundaron, entre otras, dos grandes instituciones: La Jornada y el Laboratorio de Teatro y Taller de Autoayuda de la Señorita Ilizaliturri Landizeta (Mamá-Z).

Entonces, yo impartía clases de literatura en el Colegio de Montaignac, una preparatoria particular en la Colonia del Valle a la que había entrado en enero de 1980, apenas seis meses después de una terrible tifoidea que me tuvo al borde de la muerte.

Flash-back. Llamo a 1979 El Año del Maestro Fleming.

1979. Gracias a la tifoidea, pude entonces ver completa la telenovela del mediodía: Mamá Campanita, con Silvia Derbez, Enrique Lizalde, Raymundo Capetillo y Julieta Egurrola. Estaba yo tan enfermo, que mi cerebro no daba para más. Las telenovelas eran lo único en que podía fijar la vista sin sufrir intensos dolores de cabeza. Aunque, ahora que me acuerdo, también pude leer Moby Dick y varias páginas de un diccionario de pastas verdes que me regaló mi padre, así como una versión condensada de David Copperfield que Octavio me llevó de regalo a mi lecho de enfermo. Además de Octavio, me visitaron Arturo Macías, Alberto Pasapera, Óscar Fernández y Lourdes Christlieb.

Al principio, los médicos no atinaron a explicar la gravedad de mi estado, hasta que el doctor Pablo Teuscher pronunció en voz alta, junto a mi cama, el espantoso diagnóstico:

-¡Este muchacho está muriéndose! Lo que tiene es tifoidea, pero muy avanzada.

Fue mi madre, la Unigénita de Dios, quien me salvó de la tumba con sus amorosos cuidados, esmeros que a la vez me dejaron una extraña aunque exquisita adicción por la penicilina, cuyo consumo sólo he logrado controlar con whisky.

La penicilina me condujo a leves cuadros de encefalopatía hepática aguda, pues recuerdo deliciosas alteraciones y confusiones mentales, cambios de personalidad y un gracioso estupor contiguo al estado místico (que también conozco, pero sólo a través del hambre).

El doctor Teuscher era nuestro vecino y un muy querido amigo de la familia. Una de sus hijas (todas hermosas), fue Marieta Teuscher, lindísima jovencita que en 1968 se incorporó al grupo de edecanes del Comité Olímpico Mexicano. El 2 de octubre de ese año, por insistencia de unos amigos, decidió acudir a la manifestación de la Plaza de las Tres Culturas, en Tlaltelolco. No regresó a casa. Alcanzada por una bala, Marieta perdió la vida. Paul Teuscher, hijo del doctor, tuvo que acudir a reconocer el cuerpo de su hermana.

Diecinueve años después de su muerte, Marieta se convertiría –para dolor e indignación de su familia- en un mito barato llamado Regina, construido por Antonio Velasco Piña, autor de jaladas esotéricas y místicas en las que confluyen sin rigor de ninguna especie Teotihuacan y el Tibet.

Volvamos a 1979. En mi semi-inconsciencia delirante escuché el anuncio de mi muerte, lo que a nadie puede resultar agradable. Sin embargo y por extraño que parezca, no experimenté inquietud alguna ante las palabras del doctor Teuscher (quien ocho años después fue apoyado por Elena Poniatowska para denunciar al tal Velasco Piña). Todavía entonces la presencia de mis padres significaba en casa la más alta garantía de inmunidad...

Pues me estaré muriendo –pensé-, pero ya sabrá mi madre resolver el asunto, como lo resolvió en 1964, cuando la hepatitis atacó simultáneamente a los siete hermanos (el octavo, Juan Carlos, aún no había nacido).


Hasta ahí las historias de delirio chamánico y viajes en penicilina. Ahora, volvamos al año de La Jornada.

A mis 28 años, dedicar toda la mañana a colegialas adolescentes valía tanto como ingresar gratuitamente al cielo mahometano del que habla John Donne en Elegía, antes de acostarse, poema que –por supuesto- leía en voz alta apenas llegaba a la poesía inglesa del siglo XVII (Ven, ven, todo reposo mi fuerza desafía). Las alumnas también quedaban encantadas con Maithuna, de Octavio Paz, y Las nueve puertas de tu cuerpo, de Guillaume Apollinaire, poema este último que Octavio Herrero y yo leíamos en la adolescencia como si fuera el Padre Nuestro:


¡Oh puertas de tu cuerpo!
Son nueve y las he abierto todas.
¡Oh puertas de tu cuerpo!
Son nueve y para mí se han vuelto a cerrar todas.


…no hay en la vida nada
como la pena de ser ciego en Granada.

En esta oración escrita en un azulejo de la Alhambra se halla uno de los más oportunos y elocuentes homenajes hechos a la capital de la Andalucía mora, ciudad que fue, a fines de la Edad Media, el último reducto de la España árabe. Diez años antes de que Carlos Fuentes citara el piropo en El espejo enterrado, ya lo usaba yo, a veces, para anunciar mi llegada al salón de clases, no más por dármelas de exquisito, aunque también para esconder ese entusiasmo que me provocaba entonces entrar todos los días a una madriguera de huríes en flor. Hoy, sin embargo, el mismo hecho equivaldría a visitar un infierno tapizado de gatitos sonrientes. Antes de los 30, es posible soportar a una banda de adolescentes. A partir de los cuarenta, el esfuerzo se convierte en deseo de acabar con la humanidad de una vez y para siempre.

Me colocaba en el umbral de la puerta, absolutamente serio, grave, circunspecto, esperando que las escuinclas guardaran silencio y tomaran sus respectivos pupitres. Recorría la mirada, como en busca de alguna irreverente que se atreviera a toser en ese momento. Seguro de la atención absoluta, decía, amable y pausadamente: ¡No hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada!

El salón olía a jardín andaluz. Yo me sentía en Granada.

En ésas estaba cuando, el 29 de febrero de ese 1984, varios escritores, algunos artistas y otros tantos intelectuales convocaron a la gente a encontrarse en el Hotel de México (todavía no se llamaba World Trade Center) para anunciar la fundación de un nuevo periódico, La Jornada, impulsada por los periodistas que poco antes habían abandonado el UnomásUno por desacuerdos con la administración y la línea política en la que parecía estar cayendo el diario surgido en 1976 (a su vez, el UnomásUno había sido la respuesta inteligente –junto con Proceso- al golpe fascista de Luis Echeverría contra el Excelsior, que entonces dirigía Julio Scherer –de esto ya hablé alguna vez, y prefiero remitirte, lector, a Los periodistas, el libro donde Vicente Leñero hace la crónica de los hechos con pelos y señales).

Recuerdo que ese día se invitó a los asistentes a adquirir acciones de la nueva empresa. Yo traía en la bolsa la cantidad exacta para comprar una acción (500 pesos)... ¡y no lo hice! Soy un timorato, un pusilánime, un desconfiado de la vida. ¿Cuánto valdría hoy, treinta años después, mi acción? No sé, pero ya ni llorar es bueno. Sólo guardé de esa tarde el cartel tamaño tabloide que reproducía el número cero del periódico en ciernes (enmarcado, el cartel está hoy dentro de la tumba donde yace mi difunta esposa; sin embargo, no he pensado en la exhumación).

Ante las circunstancias actuales, los discursos de entonces merecen recordarse por su lucidez y su pasmosa vigencia. Recordemos que fueron pronunciados cuando aún estaba el PRI en el poder (como lo está ahora, nuevamente), no sólo con su eterna conculcación de los derechos ciudadanos sino, para colmo, con su franca traición a los principios mismos de la revolución de la que había surgido.

Pablo González Casanova dijo hace treinta y dos años lo que hoy mismo podría ser pronunciado: La crisis no es sólo económica. Esta crisis lleva a un reacomodo del poder desde posiciones de fuerza nacionales e internacionales. La banca mundial quiere hacer de los presidentes latinoamericanos virreyes que cobren tributos y mantengan el orden interno. En la sociedad civil, la ideología de las grandes empresas y el liberalismo monopólico, con sus distintas versiones neoconservadoras y neoliberales, dibujan el perfil de un país distinto, adorador de las culturas de las elites y de la energía como fuerza contra el pueblo. En busca de una democracia para pocos y de una libertad para sublimes, el proyecto de nuevo país cuenta con numerosos ideólogos de buen nivel, que encuentran la fama y la moda apoyadas en los recursos retóricos más antiguos y modernos, en academias y medios masivos de comunicación. La alternativa conservadora realiza con éxito una guerra de posiciones que ya la está colocando en el camino del poder.

Carlos Payán Velver dijo entonces lo que hoy mismo podría ser pronunciado: La abundancia informativa no ha traído claridad a la opinión pública. Acaso confusión. Parece haber en el sector, como en el conjunto del sistema político, un problema de legitimidad. Atados a intereses particulares, de orden político, mercantil o patrimonial, los medios informativos han ido perdiendo credibilidad y eficacia, o bien aprovechan su penetración para ejercer su prepotencia y una distorsión intencional. Hay excepciones. El rasgo central de los medios es que ya eran políticamente desequilibrados y se han desplazado aún más hacia la derecha. Los dominan el conservadurismo ideológico y la estrecha lógica mercantil, cuando no la alianza extranacional.

Así, La Jornada nació con una idea verdaderamente progresista del periodismo, idea que hasta hoy ha mantenido y defendido, incluso contra el ataque esquizoide de la oligarquía y de un sector de la clase media. Una y otro siempre han encontrado razones para atacar al diario: órgano oficial de los comunistas trasnochados, panfleto cardenista, el Ocosingo News zapatista, pasquín de la ETA, vocero del Peje...

Los propósitos de La Jornada fueron claramente delineados esa misma tarde, por el propio Payán:

1. Estimular la participación de los ciudadanos a favor de causas fundamentales de México (más de una vez se le acusó de promover la insurrección de las masas).

2. Contribuir a la lucha por la defensa de la soberanía y la independencia nacionales, y la solidaridad con las luchas de otros pueblos (más de una vez se le acusó de tener lazos con ETA y con la Organización para la Liberación de Palestina).

3. El diario ejercicio y el respeto irrestricto a las garantías individuales y sociales (más de una vez se le acusó de promover la pornografía y las "desviaciones" sexuales).

4. El compromiso con las necesidades y demandas de los trabajadores del campo y de la ciudad, así como de las mayorías marginadas del país (siempre se le ha acusado de comunistoide).

No sólo las palabras escritas y pronunciadas hace casi seis lustros por Pablo González Casanova y Carlos Payán Velver siguen vigentes, sino que los propósitos que impulsaron la fundación de La Jornada aún rigen, para bien de la sociedad, la tarea y los compromisos de su dirección.

En septiembre de 1985, exactamente una semana después del terremoto, Mamá-Z dio su primer concierto en vivo, en El Ágora, café-librería que ya no existe pero que durante varios años fue uno de los puntos clave de la cultura juvenil de la ciudad, junto con Gandhi, el Foro Tlalpan, el CADAC, la Carpa Geodésica, El Galeón y la Casa del Lago.

De ese concierto existe un video, aunque nadie sabe dónde está.

Sucedida la tragedia del 19 de septiembre, La Jornada acompañó a los grupos y a las organizaciones de afectados y descubrió, en ellos, un México que no estaba presente en el panorama mediático ni en un discurso oficial, que no tenía más reflejos que el autoelogio y al triunfalismo.

Al hacer amigos, Mamá-Z se vio de pronto involucrada como banda de rock en el movimiento estudiantil de entonces, que pareció anunciar el resquebrajamiento del sistema político, resquebrajamiento que, a su vez, concluyó con la candidatura presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas y la conformación del Frente Democrático Nacional (el antecedente del extinto PRD -la cosa que hoy aparece con su nombre es sólo un vergonzoso detrito).

Con ese ambiente, participamos en un legendario concierto dentro del Auditorio Che Guevara de la Facultad de Filosofía y Letras, concierto en el que el rock mexicano manifestaba su abierta adhesión al movimiento estudiantil.

Y La Jornada ya estaba ahí, cubriendo los acontecimientos que la mayoría de los medios se negaba a ver.

Más tarde, cuando emerge a la superficie el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, Mamá-Z está a punto de desaparecer, pues ha agotado ya su propuesta musical. Mientras, La Jornada se vuelve el único medio confiable para seguir las primeras acciones zapatistas y para leer los comunicados del Subcomandante Marcos.

Antes de 1994, el periódico ya había dado cuenta de lo que en Chiapas estaba sucediendo con el movimiento Xi’ Nich’ (Las Hormigas), cuyos miembros marcharon de Palenque al Distrito Federal en busca de las soluciones que el gobierno de Chiapas era incapaz de encontrar.

Por todo ello y por cosas más recientes, La Jornada sigue siendo –después de treinta y dos años- mi periódico de cabecera y mi lectura más confiable. Agradezco profundamente el gesto de amistad y de solidaridad que tuvieron con la familia algunos directivos y varios colaboradores ante la muerte de Gerardo. Aunque La Jornada nunca se ha distinguido por ocuparse de Mamá-Z con genuino interés (sus "expertos" nos ignoran olímpicamente), debo agradecer a varios de sus colaboradores la amistad que nos han brindado desde siempre: Víctor Roura (quien escribió en 1986 la primera reseña sobre el grupo en su columna Rolas al margen), Raúl de la Rosa, Manuel Ahumada, Rafael Barajas (El Fisgón), Jaime Avilés, Fabrizio León y Pedro Miguel. Con muchos de ellos hemos desayunado, comido o incluso brindado a altas horas de la noche, y eso vale más que una nota fría hecha por compromiso.

El día que me incendien, háganme el favor de colocar junto a mí La Jornada del día. No sé cuánto tiempo me llevará cruzar el Flegetonte.

3 comentarios:

Victor Castillo dijo...

Hola Agus:

Magnífico texto. Uno encuentra drama, crónica, relato, testimonio, etcétera. Además, unos pasajes realmente de antología y cito:

1) "Fue mi madre, la Unigénita de Dios, quien me salvó de la tumba con sus amorosos cuidados, esmeros que a la vez me dejaron una extraña aunque exquisita adicción por la penicilina, cuyo consumo sólo he logrado controlar con whisky.

La penicilina me condujo a leves cuadros de encefalopatía hepática aguda, pues recuerdo deliciosas alteraciones y confusiones mentales, cambios de personalidad y un gracioso estupor contiguo al estado místico (que también conozco, pero sólo a través del hambre)."

Este par de párrafos me hicieron reír bastante.

Y este otro:

2) "(hoy, el mismo hecho equivaldría a visitar un infierno tapizado de gatitos sonrientes: antes de los 30, es posible soportar a una banda de adolescentes; a partir de los cuarenta, el esfuerzo puede llevarnos al deseo de acabar con la humanidad de una vez y para siempre)."

Buenísimo.

Además, pues también comparto tu opinión por ese indispensable diario: La Jornada, ya que conozco, desde otros ojos, el nacimiento de Demos Desarrollo de Medios.

Un abrazo, Agus; espero pronto darte una sorpresa. Creo que en breve tendré en mis manos un libro para vos, en el que participé con un capítulo. No son cuentos ni relatos; tiene que ver con mi profesión, pero ya te daré detalles.

Abrazo.

Bugalú Peniche dijo...

Más allá de agradecer tu mal gusto, Víctor, te pregunto: ¿Y cómo va el esfuerzo por publicar Apocrifario (de cuya lectura agustina tendrás noticias pronto, lo que nos obligará a encontrarnos en la misma mesa)?

Victor Castillo dijo...

Agus:

Debo confesar que estos tres meses, casi desde que comimos, padecí una severa crisis de identidad profesional, la cual repercutió en mi pasión por la literatura. Ya te platicaré, ahora que nos veamos, todo lo que pasó. Pero gracias por recordarme, estoy recuperando Carta Abierta y, lo de Apocrifario... Salud

PD: Yo estoy puesto para cuando me convoques a vernos en la mítica mesa del Groove.