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miércoles, 25 de mayo de 2011

La Buena Tierra y el buen mezcal

Cuando, en los noventa, apareció el restaurante La Buena Tierra, en la calle de Atlixco (Colonia Condesa), supongo que pocos asociaron el nombre con la novela de Pearl S. Buck publicada en 1931. Ni siquiera sé si los dueños del lugar se inspiraron en ella. La cosa es que Alejandra Ortiz Canseco (q.p.d.) me llevó a conocer el establecimiento naturista, porque a ella le daba mucho por la salud.

-¿Qué vas a pedir, mi amor?
-No sé. Elige por mí…
-¿Qué, no puedes tomar decisiones propias?
-No. Para eso estás tú.
-Tráigale al señor un huarache playero.
-¡Y una michelada, por favor!
-¿Para desayunar?
-Y para soportar tu plática…
-Dame un beso.


El picorete a mitad de la mesa nunca faltaba, como si con él bendijéramos los sagrados alimentos. Además, era la manera de advertirnos mutuamente que nuestra relación se tejía en dos mundos simultáneos: el del insulto y el mal trato… y el de la ternura y la certeza de que formábamos una pareja disfuncional bien avenida. Pero este juego enfermizo no era muy claro para nuestros amigos: más de uno sospecha todavía que cometí un crimen pasional (admito que yo mismo he contribuido a esta leyenda). El hecho es que desde febrero de 2002, nadie de los míos ha vuelto a verla ni sabe dónde está enterrada.

-¿Te he leído la historia de Wang Lung?
-¿Qué? Voy a pedir, déjame ver, déjame ver…
-La Buena Tierra es el título de una novela de Pearl S. Buck.
-¡Un omellette de champiñones, con portobello, salsa de champiñones y setas!
-Wang Lung venera la tierra, pero le va mal, así que se va con su esposa O-Lan a la ciudad…
-Sí, sí, ya me imagino: y en la ciudad les va de la patada.
-Tenemos que leerla juntos. No me acuerdo.
-Eres muy idiota.
-Y tú eres una meretriz marca libre.
-Ojalá te mueras.
-Dame otro beso.
-Oye, mi amor, ¿llegando a casa, me ayudas con mi ensayo sobre la Guerra de las Termópilas? Tengo que entregarlo el lunes.
-Yo te hago el trabajo. Ya sabes a cambio de qué.
-¡No dejes el nopal, te lo acabas completo!


La extraño. Qué bueno que está muerta. ¿Cómo le hago para pensar en otra cosa? ¡Ah, ya sé! Hablemos de otra Buck genial: Cecilia Buck.

Para celebrar su cumpleaños, Cecilia nos invitó, el domingo 30 de abril de 2006, a comer en la hermosa casa de Raúl de la Rosa.

La lluvia no impidió nuestra diversión. Menos pudo contra nuestra animada charla, en medio del vino y los diversos platos de reses, cerdos y pájaros. ¡Qué comida, Dios mío! ¡Qué fineza de invitados y de anfitriones, caracoles!

Para mayor gloria del universo, Cecilia nos regaló (a la fuerza, porque ya lo llevábamos bajo el brazo) lo que quedaba de una botella de Mezcal Mystic. Cecilia nos dijo algo extraño, con su delicioso acento francés:

-La vigtud de este mezcal es que te maguea, te hace alucinag, te hace sentigte bien, te hace cantag y decig lo que piensas… ¡pero no te embogacha!

-¡Ah, bueno!


Santiago Espósito y el que esto escribe confiamos ciegamente en nuestra amiga francesa. Así que decidimos realizar –junto con los demás miembros de Vieja Estación- una sesión privada de mezcal y cuervos negros, es decir, mezcal y el mejor momento de los Black Crowes: Freak ‘n’ roll into the fog, un concierto en el Fillmore Auditorium de San Francisco.

¡Recórcholis! No atino a elegir mi pieza favorita: desde Halfway to everywhere hasta una excelente versión de The night they drove old dixie down (The Band), pasando por Soul singing, Welcome to the goodtimes y muchas otras bellezas, entre ellas Space Captain, de Joe Cocker, el concierto es un despliegue de verdadero rocanrol que mantiene al escucha (y al vidente, porque esto es cosa de iluminación) como si la Virgen le hablara, con la baba a punto de caer en el caballito de mezcal.

Quien no ha probado el Mystic, tiene que hacerlo: es una manera muy saludable de volar.

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