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domingo, 30 de agosto de 2015

Zola y Meissonier vistos por Maupassant


Médan, Yvelines, Île-de-France, 1879 (elijo este año para mediar entre dos hechos comprobables: Zola adquiere la quinta de Médan en 1878 y Las veladas de Médan aparecen publicadas en abril de 1880). Un sexteto de escritores se reúne durante varios días en la hermosa casa que habita Èmile Zola. El ya entonces famoso autor de Teresa Raquin (1868) y El vientre de París (1873) es el mayor de los seis (treintainueve años de edad). Aún faltan cinco años para Germinal y casi tres lustros para concluir el proyecto novelístico  de Los Rougon-Macquart.

En casa de Zola se encuentran con él Paul Alexis (32 años), Joris-Karl Huysmans (31), Guy de Maupassant (29), Henri Céard (28) y León Hennique (28). Discuten sobre literatura y sobre arte en general, y organizan grandes comilonas. Emilia Pardo Bazán los imagina como caballeros florentinos contemporáneos de Bocaccio.

Inspirados por sus conversaciones de declarado anti-romanticismo los contertulios escriben cada vez que logran separarse. Durante los encuentros nocturnos, algunos de ellos en “la gran isla de enfrente” (Île du Platais), conversan y leen en voz alta sus escritos.

Descubro la casa de Zola en Google Maps: hoy es el número 26 de la Rue Pasteur y hace esquina con la Rue Émile Zola (la placa dice “Avenue”), que lleva precisamente a un discreto muelle. Ahí, en un brazo del Sena, se habrá entretenido esta peculiar camarilla. Puedo imaginarlos. Flotan en barca e intentan pescar, como Monsieur Patissot, el encantador personaje de Maupassant, aquel cándido paseante de Los domingos de un burgués de París, novela corta cuya publicación coincide con las últimas veladas en Médan y con la muerte de su amigo y protector Gustave Flaubert -1880).


Maupassant lleva a Monsieur Patissot a la casa de Zola, y aprovecha la visita ficticia para describir al padre del naturalismo, quien entonces tiene cuarenta años de edad. Zola, dice Patissot, es “un hombre de mediana estatura, bastante grueso y de aspecto bonachón. Su cabeza (muy parecida a las que podemos ver en muchos cuadros italianos del siglo XVI), sin ser hermosa en el sentido plástico de la palabra, ofrecía un aspecto de fuerza e inteligencia. Tenía el pelo corto, levantado sobre una amplia frente, y una nariz recta, esculpida como a golpe de cincel, rotunda, encima del labio superior, sombreado por un espeso bigote; y todo el mentón cubierto de una barba rala. Su mirada era profunda, a menudo irónica, penetrante; se notaba que allí trabajaba  un pensamiento siempre activo, adivinando las intenciones de los hombres, interpretando las palabras, analizando los gestos, desnudando los corazones. Aquella cabeza redonda y fuerte se correspondía bien con su nombre, corto y eficaz, con dos sílabas saltando entre dos sonoras vocales”.

Patissot tiene también el honor de conocer, en Poissy, a Jean-Louis Ernest Meissonier, quien entonces cuenta ya con 65 años de edad. Queda Patissot prendado de la barba del pintor,  “una barba de profeta, increíble, un río, una cascada, un Niágara de barba”. 

Meissonier no me cae muy bien porque impidió que el genial Gustave Courbet participara en el Salón de 1872, no por razones estéticas sino por desavenencias políticas (un año antes, Courbet había colaborado con el gobierno de la Comuna de París). Sin embargo, no comparto el desprecio que le tuvo Baudelaire, quien llegó a llamarlo "gigante enano". El poeta comete el mismo error del pintor, el de confundir al artista con su militancia política.



domingo, 7 de junio de 2015

Ginecomancia

Ella

Soy de Bulgákov la Margarita que aventura en escoba demoníaca, y también la Margarita enamorada que tose sangre sobre sus camelias. Soy en Yautepec Manuela que, mojada por tormenta indispensable, cabalga hacia Xochimancas; y Emma Bovary en el castillo de Andervilliers o en su farmacia ambigua, purgatorio definitivo. Soy todas las mujeres, y esta noche me vuelvo testigo en la narración de nuestros delitos y de la pasión que sembramos; pero también soy la que canta al abandono, a la ausencia y al llanto de muchas mujeres. Soy la geográfica Alicia que viaja por su túnel vertical, y Eugenia Grandet que amenaza con arrancarse la vida si su padre profana el cofre que es reliquia. Soy la pastora Marcela que lava sus manos ante el suicidio de Grisóstomo. Soy Pragedis, que recoge con santa esponja la sangre de los mártires después del suplicio, y de la Ginecomaquia la hermana Serafina en el pabellón amarillo, como a las once y media de la noche.

Él

Nuestra historia es un viaje que comienza y termina con las mujeres. Mujeres y éxodos, no hay más. Si andamos en tránsito, una de ellas duerme entre nuestros brazos (viajamos mucho, al menos alrededor de nosotros mismos). Al navegar, buscamos los puertos de su presencia y los miramos con los ojos del hijo pródigo; y al instalarnos entre sus brazos, al encallar en sus orillas, contemplamos el horizonte y suspiramos.

Ella

Soy Doralice en brazos tártaros enredada, y la frívola Angélica de Catay, ofrecida al apetito de monstruo marino. Habito, pues, el gineceo de la fantasía memorable, conozco el perfume de sus muebles y los espejos que los reflejan inclinados.

Él

Es la herida, la que no cierra: cuando está a punto de cicatrizar, alguien se presenta para abrirla de nuevo y dejarla a la intemperie.

Ella

Soy Desdémona que pierde su pañuelo, y también la bruja que lo bordó. Soy, entre las hijas de Bernarda, la rebelde Adela. Soy Iría Clarós en la suite del Hotel Saint Michel, y Lola en el cementerio con Pascual Duarte encima. Soy la invencible Bradamante, loca de amor, por las gargantas pirenaicas.

Él

Caemos en los pantanosos ojos de ciertas mujeres.

Ella

Soy, diría el dromedario dramaturgo, nodriza con privilegios de nobleza. Soy Dido, con apócrifo Ascanio entre los brazos (tuve, como Arturo en el infierno, la belleza en mis rodillas), o tal vez la misma fenicia pero en los Campos Llorosos. Soy la enervada Matilde en la biblioteca, con Julián Sorel, y la Isabella que tiembla en subterráneo de Otranto, perseguida por un Manfredo desorbitado; o tal vez Hipólita desdeñada.

Él

Hablo de mujeres ciertas. La ciénaga de sus miradas y la luz de sus cuerpos son nuestra perdición y nuestra prosperidad, nuestro dolor y nuestro placer.

Ella

Vivo, pues, en la casa de la ginecología formidable; toco, descalza, el mosaico tibio de sus pabellones, y he llegado hasta los rincones donde las sábanas se amontonan, y entre sus pliegues se percibe aún el perfume de mis cuerpos dormidos.

Él

¿Dónde se vive esta locura si no es en el centro de las mujeres? El diablo nos persigue, se disfraza, nos hace caer, nos acaricia, nos acoge, entramos en él con la sonrisa del ciego ante el abismo. Llegamos al fondo de las mujeres, ¿y qué encontramos? Espejos, superficies que nos reflejan y nos reproducen hasta el infinito. Quietos nos estamos en esas habitaciones interiores, porque hay paz y porque, si nos movemos, llega la oscuridad. Y si fundamos ahí nuestro cielo, el diablo se estira y mete la cabeza por su propia vagina: es serpiente que busca, encuentra, devora y escupe. Desiertas mujeres en cuyos paisajes quedamos tendidos, con los brazos en ruego de agua.

Coro

¿Cómo llamarla, cómo decir su verdadero nombre? ¿En qué mapa de la astronomía se registra su existencia?

Él

La gente dice que, como Dios y sus ángeles, puede estar en todas partes. Y empiezo a creerlo, porque ella es los lugares que toca su alma de nómada –fenicia que intercambia sueños mientras, hebrea, busca su tierra prometida, el valle sagrado donde la nube que desde siempre la acompaña deje de llover y vuelva a ser su alimento, convertida en amaranto y coliflor o jícama bañada en limones.

Coro

Salta a no sé dónde, a no sé cuándo. Brinca, bendita ocurrencia cósmica. Llega al jardín por tus ojos inventado y deja que los siglos venideros te nombren como hasta ahora el mundo te conoce: Mujer, Cosa que se Mueve (polvo dinámico, niña quinética). ¿No es acaso el movimiento su naturaleza?

Él

¿No repite de la mosca la inquietud?

TELÓN

viernes, 18 de mayo de 2012

She felt love


Como saben, soy una persona discreta y humilde. Por eso, evito en lo posible narrar mis hazañas y mis encuentros fortuitos con personajes ilustres de mi época. Pero en este caso voy a hacer una excepción.

Sucede que en 1980 cené con Donna Summer en el Suntory de Montes Urales.

Andaba yo saliendo con una niña rica. Bueno, la palabra no es “salir”. Yo era algo así como su preceptor, porque la muchacha no lograba pasar la materia de Doctrinas Filosóficas en la preparatoria. Fui el Pangloss de esta cándida niña en el mejor de los mundos posibles: su negligencia existencial y mi irresponsabilidad pedagógica.

Cierta noche de aburrimiento –agotados ambos de Platón-, la escuincla me comentó que tenía muchas ganas de cenar fuera de casa (una hermosa y vetusta mansión de Tacubaya). Me dejé llevar. Pasamos la Fuente de Petróleos, cruzamos las vías del tren y llegamos al Suntory. Llegamos, entramos y…

¡Todos se conocían ahí! En la penumbra roja del lugar, me sentí incómodo. ¿Pero qué iba a hacer? La niña rica me llevó a una mesa y me presentó a quienes ya estaban acomodados. Yo no hice caso de los nombres (un tal Rentería parecía ahí el capo mayor), pero con la agilidad de mis 25 años logré sentarme junto a una negra guapísima de ojos bellísimos y escote de ensueño. Nos sonreímos sin mucho ánimo pero con el triste agradecimiento de dos desubicados que se reconocen fuera de lugar. Aquí nos tocó vivir, parece que nos dijimos con la mirada.

Cuando se acercó el mesero y se me ocurrió abrir apetito con una cuba, ella posó su mano delgada en mi brazo y dijo con energía: ¡No! Y en inglés pidió una copa vacía, donde me sirvió de su propia bebida, no de la botella sino de su propia copa, como rogándome que la ayudara a apurar el líquido, un brebaje extraño de sabor agridulce y color de rosa (nunca supe qué era eso).

Chocamos nuestras copas, dimos un sorbo y nos sonreímos sin mucho ánimo pero con el triste agradecimiento de dos desubicados que se reconocen fuera de lugar. Como si hubiéramos hecho un pacto suicida, los dos nos unimos al barullo de la mesa y reímos y sonreímos y brindamos. De vez en cuando, la mujer repetía su ritual de compartir conmigo el elíxir que el tal Rentería le servía a cada rato. Yo lo aceptaba y lo agradecía, aprovechando para mirar sus hermosas tetas negras mientras fingía atención al ritual de la copa.

A las tres de la madrugada, nos despedimos con un beso en la mejilla.

¿Estuviste contento, Agustín? –me preguntó la niña rica al dejarme en casa.

-Sí, niña rica. ¡Qué hermosa mujer, a propósito?
-¿Cuál?
-La que estaba a mi lado. ¡Qué piel, qué ojos, qué sonrisa, que presencia de seda! ¿Quién es?
-¡Ay, Agus! ¿Cómo que quién es? ¡Es Donna Summer!

Muchos años después, supe que la mujer había tratado de lanzarse desde la ventana de un hotel pero que se enredó en la cortina y la cosa no pasó a mayores. Al leer la noticia, busqué los motivos de su intento de suicidio. No encontré nada claro. Intuí, entonces, que tuvo un arrebato de profunda nostalgia: recordó México, recordó el Suntory, recordó al muchacho delgado que estuvo a su lado todo el tiempo… y entendió que nunca más volvería a verlo.

sábado, 10 de marzo de 2012

¡Salva el planeta, escucha a los Stones!



SALVA EL PLANETA
Escucha a los Stones

Tuve durante la semana que termina un pequeño pero profundo lapso de aprendizaje. Descubrí que vivo dentro de una sociedad que considera buenas y saludables la generación de ruido y la imposición del mal gusto musical en espacios públicos.

Pero voy a dejar esto del "mal gusto" fuera de mis reflexiones, porque es un tema que podría hacer "ruido" en mi búsqueda de comunicación y de entendimiento.

Vivo dentro de una sociedad que me mira extrañada cada vez que expreso mis amargas quejas y mi petición de justicia: ¡Alguien, por amor de Dios, detenga a los meones de ruido!

-¿Qué? ¡Por favor, Agustín, no seas tan amargado! Aprende a ser tolerante.

¿Por qué soy obligado a escuchar lo que no deseo escuchar?¿Por qué soy obligado a admitir el interminable repertorio "musical” de muchos de quienes me rodean?

Con amable deseo de paz pero con una torcida idea de la democracia, gente de buena voluntad que se ve atrapada en medio de mis pleitos con los meones de ruido, me sugieren “negociar” los espacios públicos.  ¿Negociar los espacios públicos?  ¿Negociar fragmentos de república, como lo han hecho desde hace años autoridades delegacionales y municipales de todas las expresiones políticas? ¡No, no y no! Hay cosas que no se negocian. Lot fue capaz de ofrecer la virginidad de sus hijas a los sodomitas, a cambio de que éstos no violaran a los ángeles enviados por Jehová (Génesis 19, 1.38). Yo no. Yo no ofreceré ni un vaso de agua a los sodomitas meones de ruido. Hay, insisto, cosas públicas y privadas que no se negocian.

¿Democracia, negociación? ¿Qué pasa? ¿He caído en el mundo de Humpty Dumpty? ¿Las palabras significan lo que cada quien desea que signifiquen? ¿Qué tienen que ver la democracia y la negociación frente a los fenómenos de barbarie?

Si alguien comienza a orinarse sobre mí y yo me quejo, el pacificador llegará con su sonrisa a proponerme negociar el asunto para que todo termine en un ganar-ganar.

-No te quejes si alguien se orina en ti, querido amigo. Tu queja es signo de intolerancia. ¡Demuestra que eres una persona madura! ¡Negocia! ¿Qué, nos has aprendido nada en tus talleres de Coaching y tus terapias psicoanalíticas? ¡Negocia! ¡Lleguemos a un exitoso ganar-ganar! ¡Vamos, tú puedes!  Se me ocurre, querido amigo, que el meón no se orine sólo en tu zapato derecho sino que alterne sus meados: un poquito en tu zapato derecho, un poquito en tu zapato izquierdo. Si aceptas, eso demostrarás que has crecido como ser humano.

Las palabras de los negociadores a ultranza son a veces tan convincentes, que muchas veces he soltado la quijada de burro que ya blandía para encajarla en el cráneo de algún meón. ¡Pero ya estuvo bien! Algo voy a hacer. Una organización, un grupo en Defensa del Silencio (ayer comenté a ciertas personas mi proyecto de crear el Bar del Silencio, pero cometí el error de describirlo frente a un fanático del heavy metal, así que sólo recibí algunos gestos de indiferencia y otros de franca preocupación por mi salud mental).

La fracción IV del artículo 346 del Código Penal del Distrito Federal advierte que aquel que genere ruidos de fuentes fijas O MÓVILES será detenido y encarcelado durante un mínimo de dos años.  En general, se considera ruido o contaminación acústica a aquel sonido molesto que puede producir efectos fisiológicos o psicológicos nocivos para una persona o grupo de personas. Los efectos del ruido pueden ser fisiológicos y psicológicos (irritabilidad exagerada, por ejemplo). En mi caso, todos los males me acosan apenas soy víctima del ruido.

Pero dicha fracción es, por lo que se ve y se escucha, letra muerta.

Si demando respeto a mi derecho a un ambiente apacible y sosegado, esa misma sociedad me tacha de intolerante y neurótico. ¡Y que no se me ocurra insistir! Cada vez que lo hago, recibo como respuesta la mofa colectiva, el escarnio general que llega al grado de señalar mi edad y mi súplica de moderación ambiental como pruebas fehacientes de decrepitud, de retraimiento y de enfermiza insociabilidad.

¡Cuidado! Nada tengo contra los gustos musicales. Mi demanda es muy simple: nadie tiene derecho a obligar a otra persona a escuchar lo que no quiere escuchar. Anoche, ante mi manifiesto sufrimiento por el ruido “musical” producido en el ambiente en el que me encontraba (una camioneta que rodaba sobre una interminable carretera), un nuevo amigo se compadeció de mí y me ofreció sus audífonos para escuchar algo de lo que traía en su iPod.

-¿Tienes Sympathy for the devil, de los Stones?
-¡Por supuesto!
-Ya me puse los audífonos. Ahora, súbele al volumen y alivia este pobre corazón.

Comienza el placer privado, el placer que no agrede a terceros, el gozo personal que no obliga a las personas de "afuera" a soportar nuestra muy personal idea de la belleza. Comienzan los tambores, los murmullos, los acordes, los gritos. Comienzan las peculiaridades de una voz familiar y emblemática. ¡Comienza la música, comienzan los Stones! Y el mundo vuelve a cobrar sentido. ¡Todavía podemos salvar el planeta!

-¿Tienes Can you hear me knockin'?
-No.

Bueno, me quedo con las ganas. Pero también me quedo con una sonrisa, una sonrisa que me permite soportar la obligada basura que se escucha afuera.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Un texto inédito de Gerardo

ARROBAPUNTOCOMEMEEQUIS
Gerardo Aguilar Tagle / 1998

De una sola patada desprendió una de las hojas abatibles. El pedazo de puerta con una arroba grabada en madera, libre de sus bisagras, se convirtió en un proyectil que terminó de manera fulminante con la vida de un distraido parroquiano de la cantina Arrobapuntocomydemásmamadas.

Tropezando entre mesas, aprovechando para mallugar tomates ajenos, arrastró las botas entre el aserrín del suelo y llegó a la barra. Acomodándose frente al enorme espejo, parcialmente oculto por una alegre variedad de botellas a medio desllenar, se alizó los bigotes y con una mueca grotesca se admiró la dentadura (tan blanca como postiza).

Su posición estratégica (no olvidemos que este hombre tenía ojo de tigre y diente de león, y estaba acostumbrado a las broncas callejeras) le permitía observar reflejado cada rincón de esta postmoderna cantina con ambiente familiar y botana gratis.

Aprovechando esta situación, logró reconocer en una de las mesas a tres figuras que le parecieron harto familiares. ¡Claro, sin lugar a dudas! Se trataba de André Marín, March Simpson y George Harrison.

Caracho -pensó-, ¿no que aquí se reservan el derecho de admisión?


¡O... ye, tú! -tartamudeó hacia el cantinero (esto del tuteo era algo que normalmente no hacía, ya que consideraba que todos sus congéneres merecían un respetuoso "usted"; pero el alcohol en sus venas lo había transformado en un patán).


Acomodó sus alforjas en la barra, manipuló una de las hebillas y sacó torpemente la colección completa de Serendipiti, algunos faxes ilegibles, manuscritos arrugados, una cajita de cerillos Clásicos (la cual abrió delicadamente, sólo para cerciorarse de que el churro petrificado, recuerdo de épocas pasadas seguía en su interior, junto con un pasador matabachitas), siete cigarros Broadway en una caja de Dunhill (que le había regalado la Reina Madre), una bolsita de fritos (sin chile), una bolsita de Cazares (con chile), sus dos credenciales de elector (la rosa sin foto y la nueva con foto), dos dulces de colación pegados a un trozo de papel de baño de doble hoja (a manera de envoltura) -raro en él, ya que era conocida su fobia a las uñitas de canela amarga, que invariablemente le recordaban que no había tomado una peladilla sino una pinche colación-; un lápiz Mirado (herramienta que se usaba en la antigüedad para escribir), una goma (herramienta que se usaba en la antigüedad para borrar)...; en fin: de Puebla un camote y se-te-sientas cosas más. Por último, extrajo de la alforja una carpeta de tres argollas, blanca, la cual azotó en la barra al momento que gritó:

-¿Quién chingaos es el autor de esto? ¡Mire usted!

Con el enojo, se le bajó la peda... y así también lo patán. Abrió la carpeta en la segunda hoja y señaló el tercer renglón:

-¡Esto!

El cantinero se acercó a la hoja y leyó en voz murmurante: Extrañadísimo Laluco...


En ese momento, Cameron Díaz ubicó al forastero y se lanzó a sus brazos anegada en llanto para plantar en su boca un largo beso. 58 segundos más tarde, Cameron se apartó con todo y su sollozo...

¡Eres un imbécil! -gritó con voz apagada.

Y con las manos en su rostro, salió corriendo de aquel lugar, como diría el vate Octavio en su bodidleybeat No hubo modo.

-¡'Arajo! ¿Quién las entiende?


El hombre dio un trago a la cerveza previamente apropincuada por el cantinero, y pidió un tequila...

-¿En qué estábamos? ¡Ah, sí!

Agarro de la camisa al cantinero y le escupió:

-¿Qué dice usted? ¿Qué dice?
-Extrañadísimo Laluco...
-¿Qué? ¿No dice Eunuco?
-No.
-¡Bueno, de todos modos!

Sin querer, se tragó un eructo, que le supo a calostro, y recordó la noche anterior (¡Ay, señora! Tan recién su retoño, y ya tan ponedora).

-Digo, mi querido Bar Lussac. ¿Cómo dices que te llamas?
-Felipe, para servir a usted.
-Digo, mi querido Pipe, no es que te la dé a desear, pero es justo -mas no correcto-. ¡Claro! Ellos sí, muy chingones: Junch, Beatrice, Tiniocho, La Sabrosa, El Guapo, cui cui cui cua cua cua. ¿No? ¿Y este su pendejo? ¡Eunuco!
-Dice Laluco, joven. Laluco.
-¡Da lo mismo! No me llamo Eduarduco. ¿Qué, me confundieron con algún ilustrador con complejo de ahuehuete? ¿Con un Eduardo Mevalevergatodo Enríquez? Snif, snif, sorb, sorb.

Del fondo del recinto se escuchó una voz:

-¡Quequé onda ese!

Volteó y vio al André Marín, parado junto a él, a un paso de Harrison (con gesto condescendiente) y March Simpson (levitando, con sus ojitos rojos en blanco).

-¡Cálmese, mi ese!, dijo André.
-¡No me calmo! ¡Y no soy tu ese!
-Shhhh, shhhishó la Simpson, matando una bachita con sus deditos ensalivados.
-¡A mí no me shishés, discípula de Bob Marley! Y tú, flaco, reviéntate Jircomdeson... o algo. ¡Y dejen de chingar!

En ese momento, Alicia Silverstone se paró de su mesa, se acercó al hombre y -de manera tranquila pero muy encabronada- le espetó:

-¡Si hoy tampoco llegas a la casa, mi buen, te me vas directito a la chingada!

Plantó un beso en la boca del forastero, Mientras, con su mano derecha, algo apretó entre las piernas de su señor. Esto no duró mucho. Después del beso de 37 segundos, la mujer se apartó bruscamente y bajó la mirada (pero todos los presentes fueron testigos: dos lagrimitas corrían por las mejillitas de Alicia) y con las manos en su rostro, salió corriendo de aquel lugar, como diría el vate Octavio en su bodidleybeat No hubo modo.

Una dama se inclinó hacia el hombro de su hombre, y susurró:

-¿Pues quién es éste?
-Creo es el guitarrista de Los Zopilotes, murmuró el interrogado.

Poco a poco, el ambiente había cobrado la densidad del chapopote, así que el hombre decidió no insistir. De hecho, ya había olvidado el motivo de su visita a esta cantina con ambiente familiar y botanas gratis. Así que volvió a acomodarse frente al gran espejo y comenzó a guardar sus cosas mientras canturreaba en voz baja:

Desde un rincón del mundo
brindo contigo
caiga quien caiga brindo
sobre la luz de una vela
toda la noche brindo
y que la mañana venga...

Nuevamente, se acercaron los tres personajes, que de pronto se habían convertido en un león, un hombre de hoja de lata y un espantapájaros. Nuestro héroe se frotó los ojos... Cuando volvió a afocar, los tres ya no eran tales. ¡Eran, nada más y nada menos, que Guaco, Jacko y Doth! Inmediatamente, se tapó la cara con ambas manos y dijo...

-¿De qué  se trata? ¡Vincent, Vincent, a mí, Vincent!

En un santiamén, acudió al llamado Vincent Vega, con tremendos pistolones en cada mano.

-Guatsumara güit yu, dir bos?
-¡Sácame de aquí! Algo pusieron en mi copa...

Para entonces, los tres metamorfoseados personajes ya habían desenfundado sus armas (cuernos de chivo). George Harrison-Hoja de Lata-Guaco, convertido en algo así como una combinación de Carlos Santana y John McLoughlin, vestido todo de blanco, puso una mano en la frente de Vincent y otra en la de nuestro querido héroe, y dijo:

-¡Deteneos, enemigos de la paz! Bajo pena de tormento, los conmino... ¡Arrojad al suelo vuestras armas y escuchad esto: ¡Podfavod!

Surtió efecto el ademán y las palabras, que se sacó de la manga el que ahora se parecía tanto a nuestro queridísimo... ¡Gerardo! ¡Gerardo, Gerardito!

En ese momento, entró Sharon Stone, envuelta en sus propios gritos...

-Gerardito? Where are you, Gerardito?

Como una leona, Sharon saltó sobre el vaquero, se embarró en su cuerpo, poco a poco, hasta quedar en el suelo y a sus pies:

-¡Hazme tuya, aquí, ahora!

Gerardo se inclinó y recorrió con una mano la espalda de Sharon hasta tocar sus nalguitas. Muy delicadamente, alzó con los dedos la diminuta falda y posó totalmente la palma en la blanca fruta que desnuda se asomaba... De pronto, de modo intempestivo pero suave, alejó a Sharon de sí mismo, la tomó de los hombros y dijo con voz pausada:

-Regrésate a la casa... y ahí te quedas. No quiero volver a ver otra de tus escenas de histeria. Luego voy.

Desencajada y con las manos en el rostro, salió Sharon...

-¡Y ponte calzones, carajo! ¡Vincent!
-Yes, bos.
-Síguela y vigílala. ¡Ah! Y, por favor, cuida de no invitarla a bailar.
-Usted... ¿estará bien?
-Sí, sí, Vincent. Vete tranquilo.

No muy convencido, salió Vincent.

-Bien, muy bien. Yo soy Gerardo Peligro Aguilar. Y ustedes son...

March Simpson le arrebató la palabra:

-¡Mira, pinche Gerardo, estás muy pedo! Vente, vamos a la luz.

Se acercaron al ventanal del bar y...

-¡Beti! ¡Tino! ¡Juan! Chin, caray, perdón, uh, chin. No me lo tomen a mal. No era mi intención, er, er, caray, de verdad que no se parecen más que a ustedes mismos.
-No te mortifiques -dijo Juan-. Cuando llegaste, pensamos que eras Diego Verdaguer.
-¡No chingues, Juan!
-¡Bueno, bueno! -dijo Beti, que caminaba por el techo y hablaba en italiano, algo así como:- Tutti Fumi Moti. Despídete, Lalo, perdón, Gerardo. Y vámonos.
-Tendrás que dejar de asistir a tu pulquería -dijo Tino-, ésa que se llama Alfawereverbondpiedracincel. ¡Y, por favor, no seas tan mámón!

EPÍLOGO

El verdadero ajetreo inició en este momento: al reconocerse los cuatro carnales, discutieron por horas cosas del corazón y cosas de la razón.

De pronto, llegó Jennifer López, tomó del brazo a Gerardo y lo metió violentamente al baño de la famosa cantina con ambiente familiar y botana gratis.

miércoles, 4 de enero de 2012

¡Me dejaron de garpe!

Quién sabe cuándo escribí esto. Habrá sido en 2006 ó principios de 2007. Luego me acuerdo. Por ahora, sólo diré que mi Heráclito apócrifo afirma que nadie se baña dos veces con la misma mujer. Sin embargo, hay en mi refranero impopular otra sentencia contundente: el hombre (el varón) es el único animal que tropieza dos veces con la misma mujer.

Digo lo anterior porque en aquellos días quedé muy formal con una hermosa dama para vernos el sábado a mediodía, visitar juntos el Museo de Arte Popular y, de paso, disfrutar de la cocina española en el Mesón del Cid.

Debo señalar que fue ella, la susodicha, quien propuso el encuentro.

Es decir, el invitado era yo, a fin de cuentas.

Sin cera en los oídos y sin la lira de Orfeo, sólo tuve que librar mis manos atadas al mástil y dejarme conducir por la melopeya mediterránea.

Y que me dejan vilmente plantado, me dejaron de garpe, como dicen los argentinos. Me dejaron como tonto, ahí, en el Museo de Arte Popular, con la única opción de contemplar los alhajeros lacados de Olinalá. Carmín intenso, pájaros confrontados, follajes novelescos y otras aves encima.

Pues sí, muy bonito, pero yo iba a otra cosa.

Mucho esmero había puesto en el lavado de mi cuerpo. Me había acicalado y emperifollado de acuerdo a los dictados del buen gusto y la elegancia informal (¡No sabés la producción que metí!, diría mi amigo Josefáin). Incluso, me compré una camisa color de mantequilla, di lustre a mis zapatos de domingo y me rasuré en día de obligado descanso.

Por eso digo: volví a tropezar con la misma mujer. Carajo, parece que las colecciono.

martes, 13 de diciembre de 2011

Batallas en la Germania

Rescato un texto que escribí y publiqué el 12 de junio de 2006. Y rescato también el comentario que hizo mi amigo Fiodor M. Blacksmith después de leer mis palabras. Root Doctor (otro de sus seudónimos) señaló, con su escritura siempre lacónica: "Divertido, muchísimo; neurótico, también; misógino, por supuesto; pero yo lo aplaudo de pie". Y con ese aplauso va de nuez mi reseña del partido disputado por los equipos de fútbol de México e Irán.

Ayer, once muchachos nacidos en Irán se enfrentaron deportivamente a once jovencitos casi todos nacidos en México. Durante noventa minutos, los veintidós mozalbetes disputaron con civilizado encono y sólo con sus pies la propiedad de una pelota, mueble que apenas tenido se buscaba introducir en el zaguán contrario (el nombre no es exacto, pero tampoco el que se acostumbra utilizar en el deporte de marras –portería- pues se trata en realidad y simplemente de un enorme bastidor que sostiene un curioso aparejo hecho con cuerdas trabadas en forma de malla; es, pues, un pescador de patos o palomas de bajo vuelo –que para eso serviría en tiempos de hambre-).

En eso consiste el retozo, y todos entendemos su simbolismo erótico y bélico: la cosa es vencer al enemigo e introducir el balón en su ermita (mi trigo en tu artesa, como dice Octavio Paz en Maithuna).

Los muchachos nacidos -casi todos- en México, tuvieron éxito en tres ocasiones. Los nietos del obstinado Jerjes, vencedor de los griegos en la Guerra de las Termópilas, apenas si lo hicieron una vez, cosa que los dejó cariacontecidos y sin ganas de celebrar la vida (pasa que en este tipo de deportes la cantidad de penetraciones define quién se queda con el triunfo y quién con la derrota, metáfora que no necesariamente coincide con la vida real).

De todo esto me enteré mucho después de que la reyerta terminara, porque muy temprano, mucho antes del mediodía, decidí esconderme de un pleito que no es mío y que no pienso adoptar. No tengo nada en contra de las guerras floridas, pero soy de los que después de cinco minutos descubre que nadie va a morir de verdad, y entonces empiezo a bostezar.

P.D. Una de las acusasiones que hace Fiodor (misógino) es gratuita y nada tiene que ver con este texto. Se la sacó de la manga.